Los primeros maestros supieron instantáneamente tal vez por ser más ingenuos y limpios que
nosotros, que conocer el laberinto del mundo no establece jerarquías ni distinciones, genera más
maneras de abrazarse con la magia, con los interminables milagros de lo que existe, nos supieron
únicos y mágicos, con miradas nuevas tan valiosas, tal vez por ello hayan sentido que lo
realmente verdadero de enseñar y aprender es compartir el amor por lo que se enseña y aprende.