El mito bíblico de la torre de Babel puede servir para describir la crisis por la que atraviesan la arquitectura y el urbanismo en nuestros días. Se sabe de qué se trata: la repetición del pecado original de querer ser como dioses (hybris, desconocimiento de los límites, locura “divina”). Dice el Génesis que los hombres se propusieron construir una torre para alcanzar el cielo. El espíritu confundió sus lenguas y, al no poderse comunicar ni entender entre los productores, la obra quedó inconclusa y los seres humanos se dispersaron por muchos rumbos, según las lenguas que ahora hablaban.
Los primeros maestros supieron instantáneamente tal vez por ser más ingenuos y limpios que
nosotros, que conocer el laberinto del mundo no establece jerarquías ni distinciones, genera más
maneras de abrazarse con la magia, con los interminables milagros de lo que existe, nos supieron
únicos y mágicos, con miradas nuevas tan valiosas, tal vez por ello hayan sentido que lo
realmente verdadero de enseñar y aprender es compartir el amor por lo que se enseña y aprende.