Aprender en el laberinto [1]

Fuente: Iván Martinez, 2014.
Por los corredores de la oscuridad flota la leyenda de los primeros maestros, los primeros aprendedores.
Cuenta la leyenda que vagaban los seres sin propósito ni dirección, con una tristeza congénita que es la peor de las tristezas, pues es la que no tiene razón de existir además de por existir desde el principio se nos hace natural, como el aire entrando a los pulmones o abandonándolos. Seres tristes sin razón, como en la guerra y la muerte, corrían a veces con esa desesperación vacía y amarga de quien tiene un hueco allí donde debiera haber una convicción.
Como cualquier milagro silvestre, la pequeña luz esperó que fuese el momento adecuado para florecer desde el piso, como vida desde el barro… cuentan que los pequeños seres testigos nunca habían visto una luz, así que el miedo les heló las pieles, pero aquel calor y aquella asombrosa sensación de haber descubierto algo que no sólo les hacía ver el mundo sino que también los acercaba los empujó a quedarse.
Cuentan las madres de las madres que en aquellos pequeños seres nació la necesidad de compartir, tal vez un rastro de la nobleza que quizás hoy parece un espejismo. Sabían que los latidos vibrando cerca de aquella luz eran mucho más potentes, les hacían sentirse dueños de sí mismos, les hacían ser conscientes de sus propios pasos, se supieron pequeños y mágicos, tal vez esa haya sido su mayor grandeza, el saberse desde aquella luz, guiño de estrella.
Los primeros maestros supieron instantáneamente tal vez por ser más ingenuos y limpios que nosotros, que conocer el laberinto del mundo no establece jerarquías ni distinciones, genera más maneras de abrazarse con la magia, con los interminables milagros de lo que existe, nos supieron únicos y mágicos, con miradas nuevas tan valiosas, tal vez por ello hayan sentido que lo realmente verdadero de enseñar y aprender es compartir el amor por lo que se enseña y aprende.
Somos tan pequeños, y nuestros cuerpos tan fugaces en el universo, pero hay en nuestro ser tantas cosas que nunca podrán ser iguales de nuevo… aprender es compartir nuestro único modo de vibrar… para que otros encuentren el suyo en el medio del universo, que después de cada uno de nosotros, nunca será igual…
[1] Universidad de San Juan, Argentina, Radio Universidad, “La magia y el laberinto”, programa 26, 30 de octubre de 2012. Iván Martínez y Lisandro Vinzio.





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