La torre de Babel: arquitectura y urbanismo [1]
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El mito bíblico de la torre de Babel puede servir para describir la crisis por la que atraviesan la arquitectura y el urbanismo en nuestros días. Se sabe de qué se trata: la repetición del pecado original de querer ser como dioses (hybris, desconocimiento de los límites, locura “divina”). Dice el Génesis que los hombres se propusieron construir una torre para alcanzar el cielo. El espíritu confundió sus lenguas y, al no poderse comunicar ni entender entre los productores, la obra quedó inconclusa y los seres humanos se dispersaron por muchos rumbos, según las lenguas que ahora hablaban.
Una obra arquitectónica y urbana (Babel era también una ciudad) inconclusa por imposible, imposible por desmesurada, inacabable por la soberbia de los constructores, híbrida por no obedecer a los límites de lo humano. La máxima ambición (la obra maestra) truncada por incapacidad para comunicarse y acordar entre los constructores cómo seguir.
Así son las ciudades hoy: imposibles a fuerza de sobrerregulaciones, sobrepoblaciones, complicaciones, problemáticas yuxtapuestas: la soberbia de pensar que se podía urbanizar el mundo y abandonar el campo; la arquitectura de diseñadores que no escuchan a nadie (ni entre ellos), porque parecen presumir de una ciencia infusa del habitar, de una esotérica condición de hacedores de una forma universal de habitar y producir el hábitat: extrañamente coincidente con la avidez de ganancia de las industrias del acero, el concreto y el vidrio, e incluso de mafias peores.
El resultado son obras que no son arquitectónicas, sino, acaso, esculturas para apreciarse y fotografiarse o construcciones inhabitables, deshabitadas, abandonadas, condenadas por el voto con los pies de los pobladores, de los ciudadanos, quienes no las ocupan jamás o las abandonan, dejándolas sin sentido, negándoles con ello la cualidad de arquitectura, reduciéndolas a moles de concreto, cristal y acero desperdiciados. La Babel de la pretendida arquitectura, inhabitable, privada para siempre del aval del usuario, y la Babel de la ciudad que crece como urbanización salvaje, como producción antisocial del hábitat.
Para recuperar el sentido terrenal de habitar, producir, construir, hacer ciudad, haría falta el regreso desde la hybris (el arquitecto semidiós que, creador ex nihilo, determina unilateralmente cómo deberían habitar los usuarios) a la comunicación: preguntas, respuestas, diálogos, intercambio de pareceres, saberes, opiniones, conocimientos, aportaciones, participaciones de quienes siempre construyen socialmente, producen histórica y culturalmente, excepto cuando son arrebatados por la ceguera divina del pretendido artista científico. La disyuntiva es: un arquitecto de espaldas al habitante y encerrado en su inhabitable Babel o un profesional que trabaja no solamente para los otros sino con los otros.
Por algo los pueblos que inventaron esos mitos, como Babel, fundaron ciudades, pero también dejaron advertencias: los límites, el sentido de estar situado entre la tierra y el cielo, entre la diversidad de las lenguas y culturas, en un mundo poblado por muchas maneras de habitar y de ser humanos.
[1] Texto publicado como artículo en mi columna Babel, en Zapateando: https://zapateando.wordpress.com/2013/09/10/la-torre-de-babel-arquitectura-y-urbanismo/ Consultado el 30 de noviembre de 2013.




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