Bajo nuestra mirada crítica contemporánea a nadie (o casi nadie) le gustaría presumir a su arquitecto racista, misógino y clasista favorito del siglo XIX. Sin embargo, además de hacer comparaciones poco afortunadas para la mente liberal del siglo XXI sobre la naturaleza criminal o demencial inherente a las personas con tatuajes, o de “medir” el desarrollo de un país por que tan rayados están los baños públicos de sus bares, Loos atino a encontrar un grave problema que enfrentaba la arquitectura de finales del siglo XIX; la inviabilidad económica de la arquitectura ornamentada en la pujante revolución industrial e implacable lógica de mercado del siglo XX.
El título de este nuevo artículo se define como una provocación, una invitación al lector a que pase y me ayude a analizar y a cuestionar este término ya tan enunciado de «Centro Histórico». ¿Todos los centros históricos son centrales? ¿la ciudad entera no es una ciudad histórica?