Centro Ciudad de México | Fuente: Selene Losano, 2012.
El título de este nuevo artículo se define como una provocación, una invitación al lector a que pase y me ayude a analizar y a cuestionar este término ya tan enunciado de «Centro Histórico». Mucho hemos escuchado de ellos, a primer instancia podemos decir que son áreas relativamente homogéneas que confieren identidad a los pueblos y que funcionan como testimonios de un determinado momento histórico.
Hardoy nos presenta una definición un poco más formal, diciendo que son “aquellos asentamientos humanos vivos, fuertemente condicionados por una estructura física proveniente del pasado, reconocibles como representativos de la evolución de un pueblo” [1]
Esta definición otorga determinadas pautas de análisis que intentaré desglosar aquí. En primera instancia, lo define como un asentamiento humano vivo, excluyendo los monumentos arqueológicos o conjuntos de ruinas, ya que en ellos no se desarrolla una vida socialmente urbanizada. Pero como toda excepción confirma la regla, en el caso de la Ciudad de México ¿el centro histórico sólo incluye las áreas habitadas que podríamos definir como las construidas desde la época virreinal?, ¿el sustrato prehispánico existente queda excluido debido a su inactividad presente?, ¿cómo dividiríamos el centro histórico de la ruina arqueológica cuando ambos están íntimamente vinculados?
Por otra parte, esta definición expresa la existencia de una estructura física proveniente del pasado, lo que nos invita a cuestionarnos el término de pasado y, consecuentemente el de historia. Aunque puede sorprendernos, la visión que se tenga de esta disciplina puede provocar importantes consecuencias en la ciudad. Como explica nuestro autor, si se considera a la historia como los acontecimientos relacionados a los momentos destacados de la evolución de un país (las grandes batallas, los grandes hombres, las grandes obras de arquitectura, es decir, lo reconocido oficialmente), los elementos considerados importantes de mantener son los grandes monumentos, los grandes edificios y las edificaciones que reflejan la vida cotidiana de la población son destruidos. De esta manera, la ciudad mantiene sólo lo espectacular, lo monumental, y pierde grandes expresiones de la arquitectura popular urbana, pierde huellas de diferentes procesos sociales que quizás ayudan a comprender más (y mejor) la propia historia, la propia cultura.
A su vez, creo que cabe preguntarnos, ¿a qué pasado nos estamos refiriendo? es decir, ¿a qué etapa histórica se acota este término?
Hardoy nos explica que la actitud más generalizada es la de jerarquizar una época histórica, desvalorizando expresiones o testimonios de épocas mas cercanas [2]. Así, se descuidan zonas de la ciudad relativamente recientes, de características homogéneas que contienen valores históricos, patrimoniales e identitarios de igual validez que las más antiguas.
Esta fragmentación de los procesos históricos demuestra una falta de compresión del fenómeno de la ciudad: si la ciudad expresa -mejor que ningún otro hecho- los procesos sociales, políticos, económicos, culturales que va viviendo la sociedad que la construye, ¿la ciudad entera no es una ciudad histórica? los sucesos que hoy acontecen serán pasado en un futuro no muy lejano, por lo que la ciudad -y la historia- es un fenómeno en continuo proceso.
Ahora bien, cuestionado el término de lo histórico, ¿qué podemos decir con respecto al carácter de centralidad? Como explica Gutiérrez una de las expresiones del urbanismo latinoamericano es el carácter de centralidad. A partir de un núcleo urbano estructurado en torno a la Plaza Mayor, se conformaba la ciudad, nacían calles y plazas, colonias y parques, y en este centro se congregaban “las expresiones más trascendentales de la vida social y cultural de la ciudad” [3]
Sin embargo, este carácter de centralidad no puede ser aplicado a todas las ciudades. En el caso de la Ciudad de México, como en otras tantas megalópolis, la expansión urbana implicó la absorción de otros poblados que funcionaban como núcleos satélites. Así, el centro de Coyoacán, de Tlalpan, de Azcapotzalco, de San Ángel, de Tlatelolco, quedan absorbidos por la gran ciudad, pero conservan su carácter histórico y central de esta determinada área urbana. Este fenómeno determina que muchas veces, el centro histórico no tiene características de continuidad física.
Asimismo, como explica Hardoy esta misma expansión urbana muchas veces fue la responsable de la destrucción de muchos centros históricos, o la descentralización de los mismos a partir de la reubicación de funciones institucionales, religiosas, educativas en otras áreas de la ciudad. “Por esta variedad de circunstancias, lo que el consenso popular identifica como el «centro» de la ciudad, no siempre coincide con el centro histórico” [4]
Así, paradójicamente, el centro histórico puede no ser estrictamente central, ni estrictamente histórico, conclusión que da motivo al título de este artículo.
[1] J. E Hardoy y M Gutman, Impacto de la urbanización en los centros históricos de Iberoamérica (Madrid: MAPFRE, 1992): 27.
[2] J. E Hardoy y M Gutman, Impacto de la urbanización en los centros históricos de Iberoamérica (Madrid: MAPFRE, 1992): 29.
[3] R Gutiérrez, “Centros Históricos América Latina,” Escala Vol.10 (1990): 14.
[4] J. E Hardoy y M Gutman, Impacto de la urbanización en los centros históricos de Iberoamérica (Madrid: MAPFRE, 1992): 43.






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