Era la una de la mañana en la Ciudad de México. Se esparcía el silencio y resoplaba el viento como espectro de las luces y de los semáforos intermitentes. Durmientes la mayoría. Eran todos secuestrados en sueños que los llevaban a la intimidad de su frustración, deseo, inoperancia o ilusión. ¿Cuánto vacila uno en la ciudad inconsciente?
Lejos de aquella imagen, de la que ahora soy parte y me extingo a cada letra, pase, hacía la última definición de arquitectura.
Como en muchas de las historias del mundo de la humanidad, el hombre común esperó hasta esa
madurez inhóspita que dan los años teñidos de otoño para intentar su patética rebelión.
Un día como cualquiera enfrentó al espejo y le dijo al hombre que se parecía demasiado a una
imagen que había temido que llegara, que era hora…