Fuente: Iván Martinez, 2014.
Como en muchas de las historias del mundo de la humanidad, el hombre común esperó hasta esa madurez inhóspita que dan los años teñidos de otoño para intentar su patética rebelión. Un día como cualquiera enfrentó al espejo y le dijo al hombre que se parecía demasiado a una imagen que había temido que llegara, que era hora… Reconoció en su piel que había empezado a plegarse una suerte de película, un film de seguridad, resbaloso y repugnante que lo asqueó.
¿Cómo he podido? Exageró mirándose
Dedicó unas cuantas horas a imaginarse sin aquella capa hasta ahora invisible, y recién declarada inservible, y le pareció que su rebelión ya tenía sentido. Se paró frente al sol de la siesta y se abrazó a la textura porosa de un palo borracho, fue un intento heroico y no falto de audacia , teniendo en cuenta el tipo de textura del árbol con mote de alcohólico. Pero la película no solo que no se rompió sino que solo dejó pasar hacia el interior un pequeño, pero punzante, dolor en las costillas.
Intentó lavarse en los ríos del invierno, pero recordó que ya había mojado su piel (o el forro de ella por lo menos) otras veces y nada importante había sucedido. De hecho, nada sucedió.
No se rindió el hombre común, pues como todo rebelde, su causa era más importante que los medios necesarios para alcanzarla. Reflexionó durante unas horas sobre aquella capa que le cubría la piel y llegó a la triste conclusión de que él mismo la había construido, de a poco y sutilmente. Le habría parecido en algún momento que el mundo era algo hostil, agresor en sus dinámicas de su piel, según recordó, tierna y frágil. Y en sucesivas construcciones se había protegido de ello, eficazmente se daba cuenta hoy, tanto que nada del mundo y sus dinámicas había podido afectarlo desde hace bastante ya, no recordaba desde cuando…
Lloró nuestro hombre, que suponemos gris en esa eterna relación entre la ausencia de tintes y la ausencia de latidos intensos. Lloró con sus lágrimas mojando el film transparente, pudiendo sentir las lágrimas solo hasta que traspasaban sus párpados, como un portal a la insensibilidad.
También como todos los hombres grises, esperó por los milagros que los cuentos de otros hombres con mas color y menos capas protectoras le habían contado, hasta levanto la vista al espacio donde caen a veces fugaces luces que nunca había tenido tiempo de ver y pidió aquel desesperado deseo, hecho ahora su empresa imposible.
Decidió que no tenía tiempo para construir un amor, pues había escuchado que esto demandaba un tiempo que consideró no tener, no así el dolor. Le pareció recordar que el dolor era algo bastante instantáneo. Pues se embarco en su cuerpo protegido hacia el dolor. Caminó bajo el sol en la siesta hasta que sus pies se hincharon. Pero aquella sensación le seguía pareciendo lejana de su piel, un mensaje en botella que no producía en su alma más que una sensación de
cansancio y nada más.
Desesperado se inscribió en alguna de las muchas guerras que a su alrededor se libraban, siempre había creído que la guerra guardaba en sus entrañas los peores horrores a los que podía enfrentarse el ser humano. Pudo si experimentar el miedo y ver la miseria del hombre, también el heroísmo estúpido de intentar darle sentido a decisiones de otro pintándolas de patriotismo…pero aquella capa invisible seguía allí, permitiéndole incluso entender mucho de su alrededor, pero del dolor buscado…nada, sus heridas se curaron y de ellas solo quedaron huellas como muescas en una montaña aburrida. Reflexionó nuevamente sobre estas cosas y llegó a la conclusión que en aquel cuerpo forrado suyo había lugar solo para sensaciones filtradas, ecos de lo real.
En un arrebato de desesperación emprendió un viaje. Como muchas cosas del alma, no fue una decisión muy racional, más bien una pulsión. Lo llamó el viaje hacia adentro y comenzó a transitar aquel camino de contradicción pues se trataba de encontrar cosas en el exterior que vibraran lo suficiente como para que la intensidad de su verdadera belleza, que es una de las cosas más imposibles de detener del universo, lo acompañara hasta el interior de su piel, que habría de perforarse de belleza hasta que aquellos poros nuevos fueran rompiendo los límites entre él y el universo.
Hoy todavía su viaje transcurre, entre la búsqueda de belleza y las perforaciones que de a poco hace de su piel, muy lentamente la belleza y sus vibraciones van rompiendo aquel terrible filtro, y de a poco…muy de a poco, encuentra que vibrar con el universo, le permite ser parte y también transformarlo…desde cada latido.






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