Últimamente que he tenido la oportunidad de platicar con algunos colegas de otras latitudes, ha salido a colación un tema común. Este tema brilla por su ausencia en México. Arquitectos argentinos y españoles se han preguntado sin conseguir respuesta clara: ¿En dónde está el arquitecto de barrio en México?
Luiso de Madrid lo dijo hace unos meses en una entrevista para Disonante: el trabajo de un arquitecto de cabecera es una ruta que muchos nos falta explorar con seriedad. “Así como el médico, puedes tener un arquitecto de cabecera, es con el que vas frecuentemente por los problemas pequeños de la vida cotidiana. No vas a contratar a un neurocirujano por un resfriado”.
Este paralelismo reproducido n número de veces entre la medicina y la arquitectura, referido a sus prácticas laborales, me resuena en la cabeza. Imagino al arquitecto con un despacho a nivel de calle, un aparador cerca de una calle tumultuosa en uno de los aparentemente infinitos barrios de la ciudad de México. En el aparador se lee claramente: “se hacen remodelaciones y ampliaciones de casas”.
Recreo mentalmente un alzado del skyline de la ciudad. Ubico la situación hermética, casi sacra de las oficinas de arquitectura en Reforma, la Condesa, Polanco, la Roma… Todas con una cota +3.50, +10.00, ¡+30.00! Nunca a nivel de calle. Aquí se encierra una lógica evidente. Si la relación posible entre cliente potencial y arquitecto están fracturadas, puede ser el resultado del elitismo del gremio y su consecuente hermetismo.
Selene, que relativamente lleva poco tiempo de residir en la ciudad monstro también toma nota: “No me había fijado, en México no hay arquitecto de barrio”.
La falta de esa cota ±0.00 quizá tenga que ver con un síndrome de “Rey Desnudo”. Levitar unos cuantos metros del nivel de calle ahorra preguntas incomodas para el gremio. Preguntas que la gente sin una (de)formación arquitectónica y solamente armada de su sencilla lógica, podría demoler uno a uno los argumentos discursivos esgrimidos por la arquitectura desde el siglo pasado.
¿Qué pasa con el gusto de la gente común? Ajeno a los también herméticos discursos estilísticos y estéticos de la arquitectura de revista.
¿Qué pasa con las posibilidades de la gente común? Qué no se ajustan al poder seductor de un render de una casa impecable con un jardín amplio, en un barrio tranquilo, de calles amplias y recortes de güeros que parecen sacados de Beverly Hills.
¿Cómo es posible que el arquitecto no pueda saber con precisión que es lo que vende, cuánto cuesta, el tiempo que toma hacerlo o para qué sirve?
No dudo de la necesidad (si, necesidad) de los grandes despachos en las nubes; de los Koolhas, y los Piano, de los Legorreta, Y los Sánchez de la misma forma estoica y evidente de saber que se requieren de aeropuertos, museos, palacios de gobierno y hospitales. La figura es ciertamente perfectible, más no imprescindible.
Recordando alguna lección sabia en la licenciatura, sería muy importante en cualquier proyecto no olvidar dibujar la línea de tierra.





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