Toda ciudad donde se gestan las relaciones sociales y modos de producción determinados necesita de sistemas de control espacial de acuerdo a la ideología dominante, que van desde el nivel arquitectónico al urbano. Estos sistemas intentan controlar en mayor o menor medida las situaciones y el espacio que nos rodea por medio de esquemas que se vuelven cada vez más complejos.
Michael Foucault teorizaba sobre los centros de encierro de las sociedades disciplinarias de los siglos XVIII-XX: la fábrica, el hospital, la escuela, a veces la cárcel. Lugares donde el individuo se turnaba y pasaba tiempo considerable a lo largo de su vida. Estos espacios eran netamente cerrados y cíclicos: de permanecer en la casa a permanecer en la escuela, de permanecer en la escuela a permanecer en el trabajo o la fábrica…para siempre regresar a la casa. Si enfermas se te recluye a un hospital, y si en determinado punto cometes un delito no te espera otra cosa que la cárcel.
Este tipo de sociedad funcionaba bien hasta el siglo XX, pero a medida que se reestructura la economía y por tanto la sociedad, son necesarios nuevos sistemas. Así de acuerdo a Deleuze se trasciende la sociedad disciplinaria de Foucault por las sociedades de control; estas ya no necesitan espacios netamente cerrados, por el contrario; el control se expande y funciona “al aire libre”. A diferencia de los centros de encierro de la sociedad disciplinaria que son independientes entre sí donde empieza un ciclo nuevo a cada término (termina la escuela, empieza el cuartel, termina el cuartel, empieza la fábrica), en las sociedades del control los espacios se entrelazan y se perpetúan (la escuela no termina ahí sino continua con una formación permanente), se flexibiliza el traslado entre espacios (el enfermo de hospital puede ahora ser atendido a domicilio) y se desarrollan nuevos centros (la empresa sustituye a la fábrica, el centro comercial sustituye la oficina). Inclusive dicha perpetuación y permanencia espacial se hace evidente en las oficinas burocráticas a nivel mundial que aplazan indefinidamente los trámites al condenar al sujeto a acudir durante días, meses o años, donde pasa un tiempo considerable en salas de espera estériles y pasillos con filas interminables de gente.
La relación y dependencia entre espacios definidos que anteriormente estaban separados entre sí, encuentran su máxima manifestación en el siglo XXI con grandes complejos multifuncionales como son los centros comerciales y aeropuertos contemporáneos como los controlatorios por excelencia de las ciudades globales.
Los recorridos cíclicos del sujeto citadino se han visto transformados y han cambiado de los que mencionaba Foucault (casa-escuela, casa-fábrica) a: departamento-oficina/centro de actualización ( en respuesta al modelo posfordista), de la oficina/centro de actualización al mall, del mall a la casa, etc., realizados dentro de un automóvil que se vuelve otro centro de encierro y control en movimiento; dinámicas que condenan al individuo a pasar toda su vida entre espacios que pretenden controlar sus acciones y lo individualizan al punto del enajenamiento.
Si bien ha habido transformaciones y cambio en los modelos de control, el panóptico de Foucault sigue presente en las sociedades de control inclusive con mejoras considerables, que van desde vigilancia por medio de circuitos cerrados en el interior de los edificios e instalación de cámaras en las calles y avenidas (tan solo en el D.F hay 12mil cámaras instaladas, ocupando México el segundo lugar a nivel mundial en gasto de cámaras y vigilancia), hasta vigilancia satelital y electrónica.
Podríamos decir que, la función principal de estos espacios de control es la de “concentrar, repartir en el espacio, ordenar en el tiempo y componer en este las fuerzas productivas”[1], que para el siglo XXI es agregado a la ecuación un factor clave: el control cuantificable electrónicamente y verificable matemáticamente donde el individuo ya no es “individuo” sino una simple cifra en una compleja y extensa base datos con millones de números; así el individuo se deshumaniza y deviene en poco más que datos.
Si el habitante de la ciudad contemporánea es visto y manejado como un simple dato, este es obtenido gracias a un sistema digital que recaba cifras e informa sobre sus ingresos, estilo de vida, tipo de raza, tiempo de permanencia en un lugar, donde realiza sus compras, que consume, a qué hora, con quién, etc., así el espacio se subsume a lo estadístico.
Ya no es solo geográfico, es digital. Ya no es solo un mapa estático, es móvil. Este trasciende las barreras del ciberespacio, siempre a favor del capital y del control sistemático de las ciudades globales.
Con todo esto, hago las siguientes preguntas:
¿Hasta qué punto la sociedad de control de la que nos habla Deleuze controla y sistematiza nuestras acciones?, ¿Es posible frenar o cambiar el rumbo de estas dinámicas dictadas por la ideología dominante? ¿Qué es realmente el espacio con respecto a nosotros?, ¿Acaso no podemos aspirar a ser algo más que simples datos?, ¿a ser más humanos y libres, y menos dóciles e indiferentes?
Deleuze, Guilles. (1999) Conversaciones 1972-1990. Valencia: Pre-Textos.
Koolhaas, Rem. et al. (2001) Mutaciones. Barcelona: Actar.
[1] Deleuze, Gilles. (1999). Conversaciones 1972-1990. Valencia: Pre-Textos. P. 150







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