El habitar es la manera en que
los mortales son en la tierra.
Martin Heidegger
Construir, habitar y pensar
Un concepto fundamental y esencial compartido dentro de la arquitectura y de la filosofía es el concepto de “Habitar”, en el cual consideramos pertinente indagar en esta investigación ya que como afirma Ángela Giglia, “el habitar no es más que otra forma de pensar lo cultural en cuanto facultad humana elemental”.[1] El habitar es la forma en cómo la cultura se manifiesta en el espacio.
La antropología o la sociología han entendido este concepto de acuerdo a las prácticas rutinarias del espacio local, es decir, como los hábitos manifiestos en el espacio y en las formas en como el hombre se hace presente en un lugar al significarlo, interpretarlo y reconocerlo; el urbanismo y la arquitectura se refieren al habitar como sinónimo del residir en un lugar y la filosofía entiende más bien el habitar como la relación con el mundo, como forma de establecer nuestra presencia en relación con el entorno.
De acuerdo a la filosofía, el ser humano siempre está ubicado, situado en un lugar, y un lugar es siempre algo subjetivado, humanizado, aunque no esté construido, basta con el hecho de que sea reconocido o pensado por el ser humano. En los lugares, es donde nos sentimos ubicados o desubicados y estar ubicado quiere decir, que reconocemos el lugar y que nos sentimos reconocidos en él porque lo entendemos y sabemos leerlo territorial y socio-espacialmente; es decir sabemos cómo comportarnos y entendemos los hábitos de ese entorno local.
Ángela Giglia en su libro de El habitar y la cultura nos ofrece una definición del concepto:
“El habitar es un conjunto de prácticas y representaciones que permiten al sujeto colocarse dentro de un orden espacio-temporal, al mismo tiempo reconociéndolo y estableciéndolo. Se trata de reconocer un orden, situarse adentro de él, y establecer un orden propio. Es el proceso mediante el cual el sujeto se sitúa en el centro de unas coordenadas espacio-temporales, mediante su percepción y su relación con el entorno que lo rodea”.[2]
Con esta definición podemos comprender que el habitar es un proceso de transformar el caos en orden y de transformar el medio en mundo; el mundo es el universo humanizado, ordenado por la cultura para hacerlo inteligible, principalmente a través del lenguaje; el mundo son todas las construcciones, simbolizaciones, representaciones, interpretaciones, etcétera que guardan una coherencia, un espacio, una temporalidad y una historicidad, que nos permite comunicarnos unos con otros.
La existencia del ser humano siempre está situada en un mundo, y este sentido de la ubicación, es ya el habitar. Por lo tanto todos los seres humanos habitamos; esta comprensión filosófica del habitar más que como concepto, lo podemos entender como fenómeno de la existencia humana, hace que dejemos de pensar el habitar aunado directamente con la idea de hogar o de casa cómo espacio de resguardo, cobijo o amparo; porque si redujéramos el habitar únicamente al espacio en donde dormimos y que nos resguarda, podemos pensar que la casa no siempre es un lugar de amparo, pensado en las casas asentadas en territorios inhóspitos, o con riesgo de inundación, casas carentes de servicios urbanos o casas con diseños indignos cuyos sistemas constructivos y elementos estructurales son decadentes y corren el riesgo de agrietarse o derrumbarse. Esta realidad habitacional no es una excepción o una anomalía, sino que es una de las problemáticas más urgentes en todo el planeta, sin embargo siguiendo nuestra argumentación, las poblaciones cuyas casas no son dignas, seguras y salubres y que por lo tanto no satisfacen su necesidad de cobijo y de resguardo, habitan y lo hacen sin estar amparadas.[3]
[1] Giglia, Ángela, El habitar y la cultura México, Ed. Anthropos, 2012, p.5.
[2] Ibíd. p. 13
[3] Cfr. Giglia, Ángela, El habitar y la cultura México, Ed. Anthropos, 2012





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