… cuando nos encontramos, nace la envidia de los dioses, tal vez, ésa sea nuestra eterna casa. [1]
Cualquier materialidad, cualquier lenguaje, cualquier geometría, cualquier funcionalidad, cualquier tecnología, debieran perseguir el ritual humano del habitar, de otro modo pueden ser edificaciones, pero están muy lejos de ser arquitectura.
La densidad del habitar está contenida en el ritual, pero no es fácilmente asible, se niega a las abstracciones y huye graciosamente de los nombres. Pero innegablemente existe, se nos aparece en los momentos en que por un segundo nos permitimos reconocernos en función de algo que atraviesa nuestra existencia con la de otros, cuando somos conscientes de nuestra existencia. El habitar no es pasible de comprenderse desde abstracciones generalizadoras, no es posible comprender la cena que hicimos y compartimos con alguien amado, o la reunión alrededor de una mesa de los amigos cuando se reencuentran desde una función como la de comer, y además es ridículo pensar que tal función puede ser encapsulada en unas medidas generalizables y universales ¿Cómo tejer de arquitectura los rituales? ¿Cómo aprender a perseguir esa magia de nuestro estar en el mundo y luego hacerle unos ecos materiales que no la entorpezcan, que no la limiten?
He compartido con seres humanos maravillosos momentos importantes, mágicos diría, en donde me he sentido único y además parte, esa ambivalencia tan importante en las existencias humanas, el sentirse orgulloso de pertenecer desde nuestra única manera de estar en el mundo. Dice un papel que me he negado a colgar en ningún muro que soy arquitecto, pero estoy muy lejos de comprender las relaciones entre los rituales y los muros, los techos y los pisos. Sospecho que nos mentimos, que perseguimos imágenes, construimos paradigmas, analizamos geometrías, pero aún estamos lejos de la existencia, de la profundidad, de lo que significa despertar a la vida un día más, del desayuno compartido o en soledad, del sentarse a una mesa a encontrarse con otros, del dormir solos o abrazados, del vivir y compartir, de la vida misma; que se nos niega tras las mentiras con las que intentamos encapsularla, comer, dormir, estar, trabajar.
¿Cómo hemos de perseguir al habitar humano? Tengo la sospecha de que aunque nuestra empresa sea de éxito dudoso, de todos modos fluye, las madres tienen en sus cuerpos espacialidades que viven en nuestros subconscientes, los abrazos humanos son ecos de esos habitares, cuerpos habitables, espacios en nuestros sentires, tal vez por allí hay un rumbo…o prestarnos atención, dejar de mirar las pantallas y disfrutar de las existencias entretejidas, para luego construirles unos envoltorios sutiles y adaptables, unas vestimentas del ritual, ya no objetos, no más objetos para el habitar humano, acercarse a la noción de organismo, pero no como metáfora morfológica, sino como lógica material…o escuchar a los poetas, los poetas son importantes, porque persiguen lo indecible, persiguen la magia entretejida, escucharlos y pensarnos haciendo, ¿Cómo hacer que las cosas que hacen la vida más bella sucedan más a menudo, o nunca dejen de suceder? ¿Cómo hacer que lo material deje de ser estorbo del ritual? ¿Será parte de nuestro hacer? Sostengo que sí.
Sospecho que hay mucho por recorrer, hacia adentro. Y que construir, las herramientas de hoy no son suficientes, la imagen no es suficiente, la posibilidad cierta de construir esculturas en otro momento impensables tampoco, los avances tecnológicos que nos permiten saber exactamente detalles asombrosos tampoco, nada de ello es suficiente, el habitar fluye etéreo entre las existencias, condensándolas, inmantándolas, entretejiéndolas, falta que sepamos como desmoldar un eco, un sutil artefacto de la caricia para el ritual, arquitectura de las existencias humanas.
[1] La magia y el laberinto. Programa Número 4. “La magia”. Lisandro VInzio e Ivan Martinez. 15 de mayo 2012





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