Por Marshiari Medina.
Recuerdo al Arquitecto Carlos Mijares como un maestro generoso y distinguido, rebosante de vida, memorias y erudición. Tuve la oportunidad no sólo de participar en uno de sus últimos proyectos, sino de conocerlo en su faceta como profesor de arquitectura, como gran lector del espacio, ejemplo de vitalidad y amante de las artes.
Sus conversaciones llenas de ingenio y humor, se transformaban en animosas ilustraciones, las cuales fueron para mí presencias insólitas y un gran estímulo de aprendizaje. Gracias al maestro Mijares, aprendí que el quehacer arquitectónico, al igual que nuestra mirada, deja de pertenecer a uno mismo y pasa a formar parte del sitio, del contexto, de la lectura, del silencio y la voz. Que la literatura al igual que la arquitectura, adivina la luz que se esconde en las formas del lenguaje. Que leer un poema es ver destellos. Pintar un cuadro es crear formas. Colocar un tabique es estructurar un relato.
Afortunadamente tuve la oportunidad de agradecerle en vida todo aquello que compartió conmigo. Sin embargo, una vez más, quiero dedicarle con afectuoso cariño, este pequeño texto, el cual es una humilde reflexión sobre sus enseñanzas, y también un modesto homenaje. ¡Gracias, maestro!
…
El lenguaje de las formas
-¡Ah! ¡Muy bien! ¡Haced entrar al infinito!-
Louis Aragon
Para comprender el lenguaje arquitectónico, es necesario acercarse a él y hacer un esfuerzo por percibirlo, leerlo, observarlo. Nuestro espacio, es una experiencia que se expresa por medio de nuestros sentidos e indudablemente se crea a través de nuestra mirada. Hay que ver y estar ahí para descubrir el fenómeno sutil y complejo de la arquitectura; como diría el Maestro Carlos Mijares: los espacios y las secuencias arquitectónicas expresan, dicen y subrayan acciones…[i]
los espacios y las secuencias arquitectónicas expresan, dicen y subrayan acciones…
Leer el espacio es ver, entender, emocionarse. No siempre es fácil comprender de manera inmediata la complejidad de las obras arquitectónicas, sin embargo, es posible acercarnos a ellas y experimentarlas. Al igual que la literatura, en la arquitectura hay que ver más allá del relato; hay que volver a leer y descubrir nuevos aspectos y posibilidades de expresar nuestro pensamiento, ondeando entre rasgos y matices.
Al detenernos ante una obra arquitectónica paseamos la mirada con una disposición atenta y cuidadosa. Interpretamos lo que nuestra experiencia inmediata nos dicta. Reparamos con detenimiento aquello que capta nuestra atención. Sacamos primeras conclusiones, nos admiramos y seguimos adelante, escrudiñando, mirando, observando. No obstante, aquello que miramos por primera vez, no sólo se traduce en una experiencia sensible, sino, además, se transforma en un relato, en significados, en palabras.
El espacio oscila entre en una serie de percepciones visuales, físicas, algorítmicas, anímicas y lingüísticas. El espacio transmuta no sólo en luz, sino en aquello que podemos nombrar. Invocamos las formas, los colores y texturas por medio de simples enunciados. Dotamos al lugar de diversas referencias y visiones. Las palabras nos permiten adueñarnos de cada rincón: Una iglesia nos parece “fastuosa” o “modesta”. Un pequeño recinto, “íntimo” o “solitario”. La luz se nos antoja “acogedora” o “fría”. Nuestra mirada se enriquece con el espacio, y este con nuestro discurso.
El lenguaje nos permite crear, describir y compartir experiencias. Es gracias a él que podemos comunicarnos con los demás, nombrar cosas, transmitir sentimientos e ideas. Mas cabe recordar que este no es exclusivo de los seres humanos. Se sabe que cada animal tiene su propio lenguaje. Pequeños insectos, como las hormigas, son capaces de asignar complejas tareas, tales como organizarse para cavar un túnel o formar una muralla para proteger a sus larvas. Incluso, recientes investigaciones han descubierto el intricado sistema lingüístico del mundo fungi. Por eso cabe preguntarnos, ¿qué es lo que hace único a nuestro lenguaje? Quizás sea simplemente la capacidad de imaginación y creación.
Un jaguar puede pasear por el desierto y comunicarle a otro que no traspase su territorio, que está hambriento o enojado. Pero nosotros, podemos pasear por el desierto, admirar su callado mar de arenas, y dar razón no sólo de sus cualidades y atributos, sino hablar con entusiasmo de sus dunas y su cielo abierto. Podemos crear una fascinante historia en torno a su misterioso silencio. Recitar poemas sobre el escurridizo jaguar o inventar mitos sobre el significado de sus faustosos arenales.
El lenguaje nos permite imaginar y crear nuestro espacio. Es por eso, que el arte arquitectónico es también un lenguaje literario, provisto de sus propias reglas, características y complejidades. La obra arquitectónica se experimenta no sólo a través de la mirada, sino también a través del reconocimiento y el lenguaje. La expresión arquitectónica se erige cuando se instituye la palabra. Es decir, la voz de las formas nace con la voz de lo dicho.
La expresión arquitectónica se erige cuando se instituye la palabra. Es decir, la voz de las formas nace con la voz de lo dicho.
El Arquitecto Mijares convenía en que no todo lo que se percibe es necesariamente tal y cómo lo vemos por primera vez. Al contrario, uno siempre puede volver a sorprenderse. Que incluso, nuestro mirar puede ser consecuencia de una selección azarosa, cancelando aquello que no deseamos ver. Diría el Arquitecto, en alguna de sus pláticas; que para ver algo es necesario dejar de ver otras cosas. El acto de “ver” implica arbitrar, elegir, descartar. Así, es imperativo aprender a descubrir de nuevo el espacio, regresar a él para vislumbrarlo, y adueñarnos de nuestro entorno.
Quizás, también sea inevitable aprender a nombrar; aprender a experimentar nuevas palabras, nuevos adjetivos, inventar nuevos significados. En uno de sus extraordinarios escritos, Ibn Khaldun aclararía con mayor precisión que: no hay idea alguna que no esté rodeada de ciertas circunstancias particulares, y, para que el fin que uno se propone al hablar sea alcanzado, se precisa tener en consideración esas circunstancias, puesto que son las cualidades que modifican la idea[ii]. Por lo tanto, construir y reconstruir historias nos acercan y nos involucran en el espacio. El lenguaje es un proceso por el cual podemos manifestarnos, invertir el mundo, desintegrarlo y organizarlo.
Las formas son ricas en tanto historias, tiempos y tradiciones. Las grandes construcciones nacieron al momento que un gran Arquitecto vislumbró luces y estructuras en su mente, y luego, decidió traducir aquellas ensoñaciones en formas. Sin embargo, su capacidad para nombrar y transmitir aquello que tejió en su mente fue de suma importancia. Los grandes Arquitectos son grandes narradores capaces de unificar la imaginación de cientos o miles de participantes.
Por poner un ejemplo, las pirámides de Egipto son un extraordinario legado arquitectónico. Nos maravillamos no sólo de su volumétrica altura, sino de su incauta sencillez. Así como nos seduce su magnífico porte, también lo hacen aquellas leyendas que hay detrás de ellas. Uno vislumbra desde lejos su ajustada estructura e indudablemente evoca a Keops, Kefrén y Micerino, y sin más, ante nosotros nacen las prodigiosas trazas piramidales, rodeadas de ficciones y admirables escenarios.
Pensemos en otro caso, recordemos el palacio de Topkapi – conocido también como el “Serrallo”-. Este esplendoroso palacio, constituido por admirables pabellones, fue protagonista de numerosas crónicas llenas de fantasía, crímenes y encantadores secretos. El palacio de Topkapi inspiraría a Víctor Hugo para escribir su aterciopelado poema Claro de Luna, e incluso atravesaría las barreras de los sentidos, y Mozart compondría su canora opera El rapto de Serrallo. La vicisitud de las formas arquitectónicas se experimenta en simples palabras: El Topkapi, alcázar magnífico, es sinónimo de harem, opulencia, Turquía o aroma de café.
Es verdad que no es fácil hablar del arte arquitectónico, pero podemos estar de acuerdo en que la belleza del lenguaje consiste precisamente en permitirnos acercarnos a él. El espacio nos permite experimentar la composición de las estructuras, sus texturas, colores y esencias de las obras naturales o hechas por el hombre. Las palabras nos permiten adueñarnos del espacio por medio de aproximaciones, metáforas y ensueños; la naturaleza se presenta ante nuestros ojos en forma caótica…el sitio que tenemos ante nuestros ojos, cortado y recortado, con lejanías turbias, sólo es confusión. Nada tiene el aspecto de las cosas que nos rodeamos, habiéndolas creado. Vista por nosotros a boca de jarro, la naturaleza sólo es aspecto accidental.[iii] De la obra arquitectónica surge la descripción, pero también la representación. Nuestro espacio, aquel que día a día miramos al caminar entre calles o montes, es una secuencia de luces y símbolos. Las formas y sus posibilidades son infinitas, el lenguaje también lo es.
Como diría el Maestro Mijares, “en las regiones de la normalidad es donde se encuentran las obras que hablan con expresión culta, con lenguaje cotidiano, a veces coloquial, o con habla ruda o popular. Algunas se expresan en prosa y otras en verso. Entre las que llegan a cantar habría que distinguir las que actúan como solistas y las que forman parte del coro.”[iv] Siguiendo esta elocuente descripción, no hay lugar para la duda: El arte arquitectónico es forma y lenguaje.
Los secretos de la arquitectura se ocultan en el habla cotidiana, aunque no siempre podamos descubrirlos. Para eso hace falta tiempo; tiempo para observarlos y nombrarlos. Hay que acercarse a la arquitectura y atreverse a dialogar con el espacio, con las luces y sus garabatos. La experiencia nace de la observación, pero también del diálogo. El horizonte se dibuja con el tierno conversar del abecedario, los muros se levantan con la tinta, la gravedad charla con la fuerza y el equilibrio. Las formas de las obras arquitectónicas respiran y hablan, y como aconsejaría el Arquitecto Carlos Mijares: No olvidemos escucharlas.
[i] MIJARES BRACHO, Carlos. Tránsitos y demoras. Esbozos sobre el quehacer arquitectónico. México. ISAD. 2002. p. 31
[ii] KHALDUN, Ibn. Introducción a la historia universal (Al-Muqaddimah). México. FCE. 2011. p. 1033
[iii] LE CORBUSIER. La ciudad del Futuro. http://monoskop.org/images/3/3d/Corbusier_Le_Le_ciudad_del_futuro_3a_ed.pdf
[iv] MIJARES BRACHO, Carlos. Tránsitos y demoras. Esbozos sobre el quehacer arquitectónico. México. ISAD. 2002. p. 36
Imagen de portada: Jason Taellious. Flickr.com / https://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.0/




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