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La burocratización creciente, aunada a la cada vez más profunda especialización –y por consecuencia segmentación- de las disciplinas y las ramas del conocimiento ha llevado a las sociedades contemporáneas a ser caracterizadas por “empleos de horarios rígidos e individuos a los que apenas se logra hacer creer que esencialmente son consumidores libres”[1] sembrando así el desencanto con la realidad, lo cual comúnmente conduce a la nostalgia por las épocas y las creaciones de antaño.
En el ámbito de lo arquitectónico con demasiada frecuencia se intentan retomar diversos aspectos de las culturas preindustriales o vernáculas en búsqueda de lo que podría denominarse “autenticidad”. De esta manera el discurso arquitectónico y las exploraciones formales conducen a un intento por re-descubrir las obras de arquitectura preindustriales para retomar ciertos aspectos que vinculan al habitante-constructor con su morada con el fin de brindarle sentido a la producción arquitectónica actual.
De ésta manera se busca redefinir o rescatar los conceptos de “identidad”, “arraigo” y “autenticidad” frente a una clara tendencia de homogeneización en la producción cultural que caracteriza a las sociedades capitalistas en vías de globalización en el presente.
Sin embargo, a pesar de las buenas intenciones, tratar de mirar al pasado en búsqueda de respuestas para el futuro ha desencadenado “una exacerbación a la vez torpe y sutil del deseo por lo ajeno y a una subestimación de lo propio.”[2] según Marc Augé. En consecuencia, ésta tendencia conduce a un análisis que, lejos de aprehender el proceso dialéctico en la historia, se ha anclado en la especulación idealizada y platónica de la producción cultural preindustrial o “vernácula”.
Asimismo, pareciera que la producción industrializada ha dejado de cautivar e inspirar la producción contemporánea. En la región Latinoamericana, el estrepitoso proceso “modernizador” que se llevó a cabo a partir de la mitad del siglo XX transformó violentamente el paisaje, las ciudades, las dinámicas sociales y, desde luego, la relación entre el campo (tradición) y la ciudad (modernidad), dejando un sabor de boca un tanto amargo por su incertidumbre y envergadura.
Por añadidura, pareciera que el desarrollo cultural en la actualidad se encuentra anclado a una dinámica en la que las culturas “dominantes”, controladas por esferas supuestamente “legítimas” de la sociedad, desdeñan, marginan y excluyen a aquellas que podrían considerarse “subalternas” o “secundarias”.
A partir de éste punto es posible argumentar que las sociedades globalizadas nos encontramos ante una dinámica doblemente negativa: en primera instancia, la reducción de “los demás”, es decir, de las culturas preindustriales o “exóticas” a objetos de curiosidad y de consumo, aunado a la disposición generalizada por respetar el discurso sobre “los otros” desde un punto de vista occidental hegemónico.
Ante la dinámica cultural planteada, a menudo se encasilla a las sociedades “preindustriales” o “vernáculas” a un estudio o punto de vista que resulta sumamente sesgado dado que éstas comúnmente se encuentran sometidas a una política de (neo)colonización cuyas consecuencias van “de la aculturación o desculturización al etnocidio o genocidio”.[3]
En cierta medida, dicha revaloración se da dentro de un contexto en el cuál nos damos cuenta, como cultura occidental, que hemos perdido el contacto con la naturaleza y nuestro entorno. A través de ésta visión, un tanto de moda, “se nos presentan cada vez más pintorescos los salvajes que viven y mueren mejor que nosotros, que conocen mejor los secretos de la vida y de la muerte, así como la textura misteriosa de lo real, que saben ver y que dan la espalda a los esterilizantes esquemas del pensamiento analítico”.[4]
Finalmente, considero necesario insistir en lo obvio: las culturas “vernáculas” se encuentran en un franco proceso de transformación debido al contacto e incluso sometimiento por parte de la ideología occidental, por lo que cualquier intento por cristalizar, rescatar o revalorarlas obvia el hecho de que éstas se caracterizan por un movimiento sincrético derivado del choque cultural con el “occidente” en una contienda entre fuerzas desiguales. Su transformación por una parte se vuelve inevitable, a la vez que cualquier intento por retenerlas en el tiempo deriva en una manipulación de su imagen que, a su vez, conlleva a la anacronía, la nostalgia y finalmente, la manipulación de su misma interpretación. “Retener de los demás únicamente su pasado (su ”tradición”, su situación anterior a la agresión occidental) es idealizarlos (…)” [5]
Ante ésta perspectiva el sociólogo Gilberto Giménez Montiel argumenta que en el proceso de transformación cultural, una de las maneras que se desplazan los significados es justamente la “fabricación de autenticidad”. Ésta consiste en la “pretensión de preservar la pureza original de la identidad del propio grupo de pertenencia frente a supuestas amenazas del exterior, mediante la restauración autoritaria de “su” cultura (supuestamente originaria pero en realidad fabricada), a través de procedimientos regresivos.”[6] Con frecuencia, éstos intentos terminan por ser igualmente autoritarios dado que también se presentan como influencias exógenas en el desarrollo cultural de un ámbito local.
Ante el panorama descrito planteo la necesidad de revalorar el proceso histórico que ha dado pié a la cultura que (nos guste o no) en la actualidad se manifiesta. A mi parecer, la debilidad de nuestra consciencia histórica ha conducido a una producción un tanto incierta, insegura y desarticulada que con frecuencia desestima la inherente transformación sincrética de las sociedades como parte de una dinámica cultural progresiva que, más que presentarse como una dicotomía, se presenta como un proceso dialéctico.
[1] Marc Augé, Símbolo, Función E Historia. Interrogantes de La Antropología. México, D.F., Editorial Grijalbo, 1987. Pág. 14.
[2] Ibid. Pág. 15.
[3] Ibidem.
[4] Ibid. Pág. 18.
[5] Ibid. Pág. 19.
[6] Giménez Montiel, Gilberto, Teoría y análisis de la cultura. México D.F., CONACULTA, 2005. Pág 118.






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