La villa, Ciudad de México | Fuente: Sebastian Mitl Gonzalez, 2014.
En numerosas ocasiones he escuchado como se le adjudica a la arquitectura (y en consecuencia al arquitecto) la capacidad de influir dentro de la sociedad. Quizá para poder analizar esta tesis sería importante poder diseccionar la idea.
Si se entiende por arquitectura el producto físico que es el resultado de un largo y complejo proceso de producción. En el cual por supuesto el arquitecto esta inmiscuido, pero en el que también están contemplados muchos más actores y no solo eso, sino una multiplicidad de sistemas que van moldeando la configuración final de ese objeto arquitectónico. Pues quizá se podría concluir que la arquitectura en definitiva si influye a la sociedad.
El problema radica cuando la arquitectura en su totalidad se le adjudica únicamente al arquitecto, siendo este una pieza más de un amplio tablero de ajedrez en el cual se configura el espacio urbano y el hábitat humano. Incluso si extrapolamos al término último, de hábitat humano, los agentes inmiscuidos somos virtualmente todos los seres humanos, todos los sistemas, tanto físicos, económicos, políticos, socioculturales, etc.
El panorama en este término es amplísimo. Hay que acotar. Regresemos al objeto arquitectónico, aislémoslo del resto del hábitat de la especie humana. El objeto en cuestión es un nodo, en una red de redes de interacciones. Es el objeto de lucro de algunos, vivienda de otros, catalizador de relaciones sociales, o profundizador de la segregación social, es un ente económico, producto de un movimiento político, tiene huella de carbono, alberga ciertas tecnologías, conlleva cierta estética que habla (o no) de un contexto social y de una identidad local. El objeto arquitectónico no es el único de estos nodos. Virtualmente cualquier disciplina que produce genera uno de estos nodos. Los tratamientos médicos de la medicina, los sistemas económicos planteados, la poesía de los poetas, la columna del periodista, la teoría del científico, la tecnología de los ingenieros, etc.
El objeto arquitectónico no es distinto a cualquier otro objeto producido por el hombre, es pues a la vez espejo que refleja las condiciones en las cuales nació y también es catalizador de una dirección, señala, empuja, dirige hacia las expectativas, concepciones e ideologías de sus creadores. La cuestión que puede regresarnos a la problemática preestablecida es: ¿Quién es el creador del objeto arquitectónico? ¿Quién se puede adjudicar su creación?
¿El arquitecto hace arquitectura?
El enfoque unidireccional y monofuncional suena cada vez más ridículo en un mundo que se descubre complejo, lleno de interacciones, colaboraciones y negociaciones que producen el espacio en el que vivimos. Si lo analizamos por esta vertiente nos podemos encontrar con la bella paradoja que el arquitecto se dedica a la arquitectura, más no es su artífice. La relación unidireccional se rompe. La relación dialéctica y multidireccional se produce.
Como diría Alberto Saldarriaga: “La arquitectura es un fenómeno cotidiano, construido y habitado, su validez en las dimensiones existencial y cultural del entorno deriva de su fusión dentro de la experiencia de quienes habitan los espacios y edificios.”[1]
Es fácil caer en dos extremos de la balanza. Condicionar la creencia de que la arquitectura no modifica en nada sustantivo su entorno, caer en un nihilismo que excusa la producción acrítica de la misma. “Como la arquitectura no importa, por ende cualquier arquitectura es válida”. El otro extremo: “Como la arquitectura por si sola cambia a la sociedad, es todo lo que se necesita para modificar el entorno”.
El ejercicio de abstracción de los arquitectos es poderoso. Su capacidad de aislar el objeto de estudio es tremenda, evitando, a toda costa una relación dialéctica. Una que hable del arquitecto hacia el espacio, y del espacio al arquitecto. Una arquitectura contextualizada más allá de las colindantes, no solo físicas, sino sociales, políticas, económicas, culturales, ambientales…
La Arquitectura, si importa, lo que sucede es que importa en cuestiones específicas. La arquitectura por sí sola no cambia absolutamente nada… más que a la arquitectura misma.
[1] Alberto Saldarriaga, Arquitectura para Todos los Días (Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 1988).






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