Fuente: Diego Valadez, 2014.
Dentro del proceso (o los procesos) de producción del diseño el valor de las representaciones del objeto no construido es variable de acuerdo al observador, sea este el cliente, el constructor o cualquier otra persona involucrada en el proceso productivo. Cada uno de los actores dentro del eslabón le dará un valor y un significado distinto a dicha representación. Sin embargo, cabe destacar que en el caso del diseño (considerándolo un servicio) el propósito o fin último es que el objeto pueda llegar a ser edificado en un proceso de materialización posterior (en el cuál cabe destacar que, con frecuencia, el mismo diseñador no formará parte). La edificación del diseño arquitectónico se hará por el contratista, el fabricante, o cualquier otro personaje involucrado en esa etapa del proceso de producción en específico.
Sin embargo considero necesario insistir en la diferencia latente entre la representación gráfica y la representación técnica. Me pregunto:
¿Cómo es que la representación técnica, propia del diseño y las disciplinas que envuelve, puede ser considerada por su valor artístico?
El valor artístico de una representación bidimensional se manifiesta natural y cotidianamente en otras artes y medios de expresión, tales como la pintura, la fotografía, los medios mixtos (collage, fotomontajes) entre otros. Todos estos medios de expresión gráfica se caracterizan por un factor esencial: se justifican por sí mismos, es decir, son el fin mismo de su producción. Asimismo, existe la noción de que el “artista” crea estas obras “por el amor” al medio de expresión y como producto de la “necesidad de expresarse”.
En contraparte, la representación técnica tiene como finalidad insertarse en el proceso productivo, satisfacer al cliente y acercar al objeto de diseño cada vez más a lo que podría denominarse su “factibilidad constructiva”, o su “materialización en potencia”. No hay que olvidar que el diseño se entrega y distribuye en el ámbito productivo en forma de planos bidimensionales y su fin es ser construido.
El diseño, por lo tanto, se presta de la representación técnica para lograr estos fines y se manifiesta así en disciplinas afines que requieren de planeación previa: la arquitectura, el urbanismo, el diseño industrial, paisajismo…. Cabe advertir que ninguna de las anteriores debería considerarse como un fin en sí mismo ya que en ese momento dejarán de perseguir los objetivos propios del diseño: servir al cliente o a la demanda (y de ser posible, a la sociedad y/o a la imaginaria figura de “usuario”) para finalmente ser materializado.
De acuerdo a lo anterior, la representación (tanto técnica como gráfica) puede llegar a adquirir valor “artístico” cuando la misma sociedad o un grupo de personas determinan que ésta contiene elementos con significados que aportan a otra disciplina o ámbito, sea éste el artístico, el histórico, cultural, patrimonial, entre otros.
Existen ejemplos destacados de representación técnica arquitectónica que han logrado propagarse a la esfera de la valoración “artística”. Tal es el caso de los proyectos del Archigram cuyas ideas inauguraron una tendencia teórica entera, o de Constant Nieuwenhuys quien formó parte importante del movimiento Internacional Situacionista. El valor artístico en ambos casos fue determinado por el efecto que causaron sus ideas, teorías y planteamientos en el campo del arte vanguardista y contemporáneo del siglo pasado. Sin embargo cabe advertir que ninguno de los casos anteriores tenía por objeto llevarse a su materialización.
Como ya mencioné anteriormente, la valoración (sea “artística” o “técnica”) del diseño es variable de acuerdo al ámbito dentro del cual se produce y, por lo tanto, un factor importante a considerar es el propósito que guía la producción de la obra. A mi parecer, la producción de representaciones gráficas en el ámbito arquitectónico siempre ha fungido como una poderosa herramienta que ha auxiliado al desarrollo proyectual de objetos incluso antes de que existiera la noción de “diseño”. Sin embargo, cabe cuestionarse hasta qué punto la razón de ser del diseño gráfico dentro de la arquitectura se encuentra enredosamente relacionada con fines mercadotécnicos tras la adopción generalizada de métodos de representación foto-realistas.
Ante esto, cabe destacar el importante papel que juega el discurso de la representación en la dinámica productiva, ya que éste irá en concordancia con el poder político detrás de la producción (lo político entendido como la capacidad de convencimiento o persuasión, en este caso, para la valoración artística de la representación). Hay que reconocer que frecuentemente el mérito no es del artista/arquitecto, sino de alguna “figura mitificadora”, como podría ser un historiador del arte, encargado de elaborar un discurso que “dote de significado” e incline la valoración general de la representación hacia la esfera de “lo artístico”.








A propósito de esta reflexión, me vienen a la mente dos proyectos que aunque no tienen que ver con la Arquitectura directamente, abordan mediante el dibujo técnico, una reflexión constructiva (por decir lo menos) de objetos que inicialmente no fueron concebidos en un proceso de diseño “formal”.
Como si al realizar el dibujo técnico de cosas cotidianas se pudiera generar una reflexión entorno a los procesos involucrados en éstos.
El Diseño de lo Cotidiano
http://www.podiomx.com/2013/10/el-diseno-de-lo-cotidiano.html
La Ingeniería de la Garnacha
http://algarabia.com/del-mes/la-ingenieria-de-la-garnacha/