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Cuando estaba en la preparatoria, decidiéndome por una carrera que estudiar, tenía una indecisión tremenda. Era un tipo inquieto, con afinidades un tanto dispares, tenía cierta fascinación por la ciencia y el arte, sin embargo no me veía a mí mismo dedicando mi vida a ninguna de las dos, tenía cierta disposición también por la psicología, pero la consideraba un trabajo angustiante. Para mí todo se resolvió un día, cuando me imagine siendo el autor intelectual del edificio de la prepa. ¡Eso podía ser interesante!
Hice el examen de la UNAM de manera un tanto descuidada y me quede. Estaba asegurado mi lugar en la Facultad de Arquitectura. Pronto sería un universitario. Toda mi vida había estudiado en escuelas privadas, así que la carrera fue una confrontación y un choque importante el primer año. Aparte de tener que lidiar con situaciones hasta el momento desconocidas para mí, el exagerado entramado burocrático, la amplitud de posturas ideológicas o las deficiencias de la infraestructura del sistema público; aparte de eso, el primer año fue traumatizante en términos estrictamente académicos.
Aún recuerdo los primeros ejercicios, pero más importante recuerdo, mi primera actitud frente al proceso de diseño. Estaba jugando, me divertía de suma manera diseñando, esto conllevaba también cierto orgullo por las creaciones que salían por las tardes y noches de los croquis, planos y maquetas. Solo para ser aplastados de forma inmisericorde a la mañana siguiente por los asesores. Lo que más conflicto me causaba de mis mañanas de revisión, no era siquiera la forma estoica con la que se echaban por tierra mis ideas, sino la falta de claridad en los motivos. Sentía que existía un lenguaje que yo no entendía, pero sospechaba que los asesores tampoco, yo era como un niño que no sabía nada de modales y tenía que aprenderlos y adoptarlos con el simple y demoledor argumento de: “porque así son las cosas”, “porque digo yo”, “porque así me gusta”.
La gran lección que aprendí ese primer año fue la de mentir, ser complaciente y tener bajas expectativas de mi trabajo, sin importar cuantas noches me desvelara; que era más importante cumplir con la lista de planos de la entrega que con el proyecto terminado. A la distancia veo, ahora en maestría y con más de cinco años de haber concluido la carrera, que me ha costado mucho esfuerzo olvidarme de esas lecciones (todavía me peleo con algunos conceptos). Ser honesto con el trabajo, sin importar si la respuesta le gusta o no al cliente. A no ser complaciente, pero sí empático con las personas con las que y para las que trabajo. Y valorar mi trabajo, saber que los desvelos (que se siguen dando ocasionalmente en la vida profesional), y el arduo trabajo tienen un precio y espero ser retribuido de forma justa por ello. Que en arquitectura le va mejor no a quien más trabaja, sino quien mejor trabaja.
Mis amigos que no son arquitectos, que por fortuna son varios, ocasionalmente me abordan con el tema de la arquitectura. No les es claro que es exactamente, algunos me consultan de cuestiones técnicas de la estructura de su casa, otros me hablan de los estadios del mundial, o recuerdan ese libro que tienen de Luis Barragán. De manera instintiva respondo vagamente a sus interrogantes, mis amigos, con la ligera sospecha de haberme ofendido, cambian de tema. El padrino de mi novia fue el más claro en el asunto: “¡Esos arquitectos, quien sabe que hacen!…”
Mi jefe, que también es arquitecto y lleva su propio despacho, tiene su propia opinión en momentos críticos, en donde no llegamos a final de mes. “¡Que difícil está la situación, nunca tengas tu propio despacho, es una locura! Nadie paga a tiempo o completo, nadie respeta nuestro trabajo, estamos haciendo mal las cosas en las universidades.”
Tengo muchos conocidos de mi generación que se han dado por vencidos. Son fotógrafos, ilustradores, músicos, artistas, tatuadores, burócratas, empresarios, modelos o maestros; lo son por elección, no por falta de trabajo. Simplemente se aburrieron de esperar a que la arquitectura se convirtiera en una opción confiable. Y es que no lo es, ser arquitecto significa de fondo ser trapecista sin red de seguridad. En una construcción o en un proyecto el arquitecto es quizá la figura más prescindible de todas, más que el albañil o el ingeniero. El ramo de la construcción es caprichoso, los proyectos se cancelan, las obras se detienen, el dueño cambia de opinión.
Realmente a veces pienso en la intrascendencia de mi profesión, a veces creo que el mundo no quiere ni requiere arquitectos. Pero luego me despabilo y veo nuestra ciudad, esa con más problemas que soluciones. Hago un recuento mental de las atribuciones de cada una de las profesiones que podrían resolver sus problemas. Y encuentro un espacio en blanco, uno que a ingenieros, abogados, economistas y políticos no les corresponde. Sigo caminando por la calle y sonrió.





Se trata de perspectivas, y de tiempos, según lo creo yo. Siempre eh creido que el arquitecto tiene una de las profesiones más bonitas e importantes y los inconvenientes les ayudaran a formar caracter igual que cualquier profesional en el trayecto de su vida laboral. Felicidades¡¡¡ en hora buena compartir sus experiencias e ideas. Te quiero, Sebastian.