
Sobre los lugares degradados
Los basureros son lugares degradados y marginados por excelencia, en ellos se descargan toneladas de basura de diversa índole que van desde residuos orgánicos, papeles, plásticos y vidrio hasta metales, productos químicos y desechos tóxicos. Mientras el deterioro de los objetos es a corto plazo el de los lugares se da a largo plazo. Los basureros se mantienen alejados y cada vez se colocan más lejos de las ciudades, inclusive al ser trasladados a otros estados como es el caso de la ciudad de México. El paisaje degradado se encuentra generalmente en las periferias en las que viven y realizan actividades las personas marginadas. Lo degradado de acuerdo a Kevin Lynch :
“Es lo que no tiene valor o no se usa para una finalidad humana. Es la disminución de lo que no tiene resultados útiles; es su pérdida y abandono, su declive, separación y muerte. Es el material gastado y sin valor que se deja después de algún acto de producción o de consumo, pero puede también referirse a cualquier cosa usada: residuos, basura, papeles, trastos viejos, impurezas y suciedad. Hay cosas degradadas, tiempo degradado y vidas degradadas.”
Cabe mencionar que los lugares degradados no sólo se limitan a los basureros o tiraderos a cielo abierto, incineradoras, depuradoras y desagües donde se vierten y gestionan los desechos de las ciudades, también lo son aquellos lugares que, aunque útiles, carecen de legalidad o necesitan terrenos con rentas bajas como es el caso de las industrias marginales, casas de ocupación ilegal y almacenes (pueden estar tanto en el centro como la periferia). Instalaciones que es preferible mantener lejos del centro como las autopistas, aeropuertos, terminales de autobuses, centros de distribución, canteras, centrales eléctricas e industria pesada, así como las viviendas precarias de interés social que se encuentran en las periferias, y lugares donde se venden cosas de segunda mano y objetos encontrados entre la basura, como son los mercados populares, los mercados de pulgas, los bazares y tianguis. En la Ciudad de México encontramos varios puntos de comercio informal y popular como el mercado de la lagunilla, las pacas de Pino Suarez, el tianguis del salado, el mercado de San Felipe, tianguis alternativos como el del Chopo, etc., donde se venden e inclusive intercambian diversos objetos como ropa y comida.
Las fondas y comedores comunitarios también tienen esta percepción de lugares sucios y sin control estricto, que se destinan a estas “personas sucias” que acuden y/o viven de ellos. Los lugares degradados funcionan al mismo tiempo como centros sociales donde las personas degradadas o desechadas, por la lógica del capital suelen hacer comunidad y realizan las distintas actividades que les permiten expresarse y sobrevivir.
Sobre las personas desechadas y los vertederos de personas
Si tomamos el vocabulario del deterioro, podríamos llamar a la gente excluida de las siguientes formas: “marginales”, “heces” y “escoria”. Estas personas no son sólo aquellas desplazadas a las periferias por su incapacidad para costear la vida en la ciudad, también lo son quienes sufren enfermedades psiquiátricas, las que llegan a una edad avanzada y a un cierto grado de inutilidad, las que se encuentran en contacto directo con la basura (pepenadores y recicladores), y los inmigrantes que, como nos dice Lynch , “son gente de paso, y por ello sin definición social, aquellos que son tan peligrosos como la gente marginal.”[i] Lo que nos resulta desconocido o ajeno no tiene cabida en una sociedad disciplinada y establecida que busca alejar lo que no se adapta a ella o lo que le resulta incómodo. Un ejemplo es la situación de los inmigrantes centroamericanos que arriban diariamente a las periferias mexiquenses y defeñas al no encontrar cabida en los centros de las ciudades.
Los rellenos sanitarios, los cementerios, las viviendas marginales y las personas que habitan y/o gestionan dichos espacios suelen destinarse a las afueras de las ciudades, territorios que por sí solos padecen panoramas delincuenciales o ilícitos. Lo sucio e inclusive la muerte, deben alejarse de la imagen representativa de la ciudad; lo limpio y ordenado, por el contrario, deben prevalecer.
Si las formas de tratar los objetos y espacios de las diferentes culturas (ya sea con la acumulación excesiva o la limpieza obsesiva) representan de acuerdo a Lynch, “el miedo a la muerte de las cosas ”, podríamos decir que el orden riguroso del Estado representa el miedo a la muerte de la ideología.
En la actualidad, la forma en cómo gestionamos y nos relacionamos con nuestros desechos determina nuestra posición social y el tipo de lugar al que pertenecemos. Si los vertederos son los contenedores espaciales de los objetos de desecho que fueron degradados, es posible deducir que la gente desechada se vierte en contenedores determinados, a los que defino para efectos prácticos como vertederos de personas. En la Ciudad de México, más de 100 asilos en aparente funcionamiento deben dar cabida en mayor o menor porcentaje a las 852 mil 920 personas mayores de 60 años (conforme a datos del INEGI), de los cuales 60% se encuentran en condiciones de pobreza, 9.6% sufren alguna discapacidad y el 4% no puede valerse por sí mismo . Por otro lado, 36 mil 765 son el número total de internos en reclusorios (al 30 de octubre del 2015) de acuerdo al sistema penitenciario de la Ciudad de México, que son distribuidos en 8 reclusorios varoniles y 2 femeniles. Los hospitales psiquiátricos “Samuel Ramírez Romero”, “Fray Bernardino Álvarez” y el infantil “Juan N. Navarro” operan de igual forma en la Ciudad de México y acogen a un sector de la población que, de acuerdo a la presente investigación, también podríamos considerar como desecho . En cuanto a los vertederos a cielo abierto, uno de los más importantes de la capital es el del bordo de Xochiaca que alberga una enorme cantidad de basura y en el que cotidianamente cientos de personas realizan actividades de recolección y gestión, a pesar de los altos riesgos a la salud y la disminución considerable en la calidad de vida que generan este tipo de espacios. Así, aquellos que son degradados por su edad como los ancianos, son recluidos al vertedero llamado asilo; las personas con alguna discapacidad como los retrasados mentales, mudos y cojos son vertidos en los hospitales psiquiátricos y centros de cuidados especiales; la gente que se considera peligrosa como los asaltantes y los activistas políticos, son recluidos a cárceles y reclusorios; y aquellos de clase social baja como los pepenadores, barrenderos y recolectores son vertidos a las periferias y vertederos a cielo abierto, donde viven y gestionan los espacios. Todos estos espacios de desecho son el “hogar” de la gente que resulta repulsiva para la ciudad: los invisibles, los marginados, la escoria, la mierda…, lo que no se desea visibilizar ni pensar, aquellos de los que renegamos y que sin embargo forman parte fundamental en la construcción de la ciudad; una ciudad que se piensa en orden, a ratos agradable, a ratos amigable, que se enorgullece de su ignorancia, donde los problemas de gestión, exclusión y pauperización parecen no existir, de aquella ciudad que se dice sustentable y amigable, pero que en esencia, esconde una serie de dinámicas y formas de organización social nocivas, que atentan no sólo contra la vida de los desechados, sino también contra el resto de los habitantes de la ciudad.
[i] Kevin Lynch. Echar a Perder. España, Barcelona: Gustavo Gili, 2014. P. 45
[ii] Datos consultados en <http://archivo.eluniversal.com.mx/ciudad/83525.html>
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