“Una calle son personas en una calle”
Corredor del Niño Dios. Barrio La Merced, Ciudad de México | Fuente: Lorena Cardona, 2014.
Desde sus inicios las calles eran caminos que se empezaban a trazar por el uso frecuente de las personas que caminaban y que con las plantas de los pies intervenían el terreno natural y construían así una nueva naturaleza urbana. Las calles como objetos espaciales respondían a dos características básicas: la movilidad como espacios que permitían el desplazamiento de un lugar a otro y el acceso a diferentes edificios, y la referencia de límite y frontera, como elementos que marcaban una delimitación y creaban un punto a partir del cual otro espacio (privado o público) empezaba a existir. De esta forma, originalmente las calles tenían un carácter funcional al ser los ejes de circulación y los elementos de conexión de la ciudad.
Con la evolución de la ciudades, las calles empezaron a tomar nuevas dimensiones, que en ocasiones acentuaron o por el contrario potencializaron su función mas allá de simples espacios de circulación y conexión. Un primer cambio en la concepción y uso de las calles, se produjo en el siglo XIX con la nueva ciudad moderna e industrial. El Plan Maestro para la Renovación de la Ciudad de París [1] diseñado por el Barón Haussmann (1852) incluía entre sus propuestas la construcción de Bulevares: avenidas monumentales, con varias vías de circulación vehicular y andenes peatonales en sus laterales, generalmente con un diseño elegante, grandes dimensiones y decoración formal; los cuales conectaban edificios emblemáticos de la ciudad. Y los Pasajes: corredores ubicados entre los edificios, cubiertos por un techo de cristal y revestidos de mármol, repletos de cafés y comercios de lujo, donde los parisinos paseaban y se relacionaban. Tanto los bulevares como los pasajes trajeron consigo una nueva actividad urbana en las calles de Paris: el paseo; a pesar de que en un principio, estos espacios fueron pensados para servir a la naciente burguesía, como medio de ostentación de su nueva riqueza, y como forma de represión y dominación contra la clase obrera; algunos artistas paseantes y revolucionarios de la época como Charles Baudelaire, Edgar Allan Poe, Honoré de Balzac y Victor Fournel, entre otros; vieron en estos espacios el potencial para generar una nueva dinámica urbana basada en el paseo, como una forma crítica e intensa de fundirse con la ciudad. En este sentido, fue a partir de la modernidad donde las calles empezaron a adquirir nuevos atributos como espacios con gran riqueza estética y social en la ciudad.
Posterior a esta etapa, las calles fueron testigos de una serie de manifiestos urbanos que influenciaron en su decadencia para convertirse nuevamente en meros espacios de circulación (de coches). En las primeras décadas del siglo XX y heredado del urbanismo de Haussmann, hizo su aparición el Movimiento Moderno de la arquitectura, el cual sentó las bases para construir un nuevo modelo de ciudad basada específicamente en los principios de un Urbanismo Funcionalista [2]. El manifiesto funcionalista declarado en la Carta de Atenas (1942), abogaba por una separación entre los edificios y las calles, propiciaba la segmentación de los usos del suelo en lugar de una sana integración y declaraba un rechazo a la calle como lugar hecho para las personas, para la recreación y la expresión de la comunidad. Todo esto en favor de la eficacia, la tecnología, la velocidad con el uso del automóvil, y la salud, como principales elementos determinantes del diseño de la ciudad. El urbanismo funcionalista trajo como consecuencia la desaparición gradual de la calle como un espacio con gran potencial estético y social, para relegarla finalmente a ser una infraestructura de carácter funcional (una autopista). Esta condición introdujo un nuevo aspecto en la vida urbana que respaldaba la introspección y la separación de las personas, en vez de una ciudad donde se propiciaban los encuentros y las relaciones entre sus habitantes.
Paralelo al movimiento moderno, a principios y mediados del siglo XX, surgieron una serie de movimientos revolucionarios conformados por artistas, escritores y filósofos, que criticaban fuertemente las medidas planteadas y desarrolladas por el funcionalismo. A este movimiento pertenecieron las vanguardias artísticas Dadaísta, Surrealista y Situacionista, quienes retomaron nuevamente ese valor estético y social de las calles heredado de la modernidad. Las calles empezaron a ser consideradas como espacios para habitar, en los que se podían crear nuevas formas de sociabilidad, y con ello nuevas experiencias urbanas y estéticas; las calles dejaron de ser estos elementos que llevan a los lugares, para convertirse en sí mismos en lugares donde se producen recorridos, encuentros e interacciones complejas. Con este nuevo valor lejos de su mera funcionalidad, las calles se convirtieron en espacios urbanos relevantes, utilizados para salir a caminar, deambular, observar, y explorar la ciudad. Se transformaron en puntos de encuentro, lugares de reunión, referentes urbanos y espacios simbólicos con gran riqueza estética y social, capaces de generar una nueva sociedad urbana.
La calle un espacio público
El espacio público podría definirse como el escenario donde se desarrolla la vida social urbana, entendida esta como el sistema de relaciones y contactos que se producen entre los habitantes de la ciudad basadas en lo aleatorio, lo temporal, lo efímero y lo fluctuante. Un espacio de y para las relaciones en público, que se producen entre individuos que coinciden momentáneamente en lugares de tránsito para participar de una serie de actividades y contactos mutuos.
La urbanista y activista canadiense Jane Jacobs, en su libro manifiesto “The Death and Life of Great American Cities” (1961) en el que presenta una fuerte crítica a las prácticas de renovación urbana de las ciudades estadounidenses de mediados del siglo XX; identifica por primera vez el papel de las calles como espacios públicos de la ciudad: “Las calles y sus aceras son los principales lugares públicos de una ciudad, sus órganos más vitales” […] “Son un medio de comunicación y contacto, una autentica institución social de la ciudad”[3]. Jacobs fue una de las primeras en denunciar que tanto urbanistas como arquitectos están acostumbrados a diseñar y planificar las ciudades con base en los modelos y esquemas ideales heredados de urbanismos como el de Haussman y Le Corbusier, los cuales contemplan la vida social como si solo pudiera desarrollarse en lugares diseñados ex profeso, desconociendo con esto que la propia naturaleza de la vida social hace que esta se desarrolle de manera espontanea en ámbitos cotidianos como las calles. En este sentido, Jacobs, plantea que son las calles, los verdaderos espacios públicos de la ciudad, los mejores lugares y los más útiles para la vida social.
Siguiendo esta misma línea, otro autor más contemporáneo como el antropólogo Manuel Delgado señala también este papel de las calles como espacio social: “La calle es una institución social, en su seno se desarrollan formas de aprendizaje y sociabilidad, cuyos protagonistas son personas que se conocen relativamente o se desconocen y que no están asociados por lazos involuntarios […] La calle es el entramado por el que oscilan los aspectos más intranquilos de la ciudad, el escenario de esta estructura hecha de instantes y de encuentros que singulariza la sociabilidad urbana”[4]. La calle representa el afuera por excelencia, un ámbito accesible a todos los ciudadanos que concentra -como ningún otro lugar público- una mayor cantidad de usuarios, con estilos de vida y actividades diferentes; esta situación aumenta las posibilidades de tener encuentros fortuitos y espontáneos con personas nunca antes conocidas, permitiendo así establecer interacciones por voluntad propia; es decir, relaciones sociales no por obligación sino por la experiencia y el aprendizaje que se desprende de una vida satisfactoria en comunidad.
Por su parte el arquitecto Allan Jacobs identifica que “Las calles son lugares de encuentro e intercambio, desde el punto de vista social y comercial, son el medio donde las personas se encuentran con otras y esto es, al fin y al cabo, la principal razón de ser de las ciudades”[5]. Para Jacobs, las ciudades justifican su existencia en la construcción de una vida urbana y en este sentido, las calles son los principales lugares de encuentro y de sociabilidad de la ciudad. Son espacios cargados de recuerdos, sentimientos y experiencias, capaces de ofrecer la expectativa de contemplar situaciones agradables y enriquecedoras, y de brindar la posibilidad de tener encuentros fortuitos pero a su vez enormemente gratificantes. Las calles representan una memoria pública, en ellas se puede ver y experimentar las dinámicas de una sociedad, de su vida cotidiana e incluso de su historia; son el reflejo de las relaciones entre los ciudadanos, y entre ellos y el espacio físico de la ciudad.
Las calles son pues verdaderos espacios públicos de naturaleza colectiva; escenarios idóneos para que se expresen en ellas y a través de ellas los anhelos y las voluntades comunitarias, espacios socializados que no responden a necesidades personales, sino a la demanda de un hacer colectivo. La calle se constituye como un territorio de libertad y de apropiación pública, el único espacio abierto a todo y a todos, que tiene el potencial de llenarse y alimentarse con cualquier cosa, con cualquier tipo de usuario y actividad, sin desechar nada. Esta característica le permite convertirse en el órgano más vital de la ciudad, pues las situaciones que se presentan en ella se despliegan como acontecimientos complejos llenos de riqueza y diversidad.
Así pues, lo que en un principio era visto como espacio de circulación, hoy en día la calle representa un escenario cotidiano potencialmente inagotable para la comunicación y el intercambio, el nicho natural de la sociedad urbana, un lugar para la sociabilidad y la ciudadanía.
[1] En siglo XIX, París se encontraba inmerso en un proceso de cambio de una ciudad medieval hacia una ciudad moderna; para esto a encargo del emperador Napoleón III fue llamado el Barón Haussmann, quien propuso un nuevo diseño para la ciudad basado en las exigencias de una arquitectura y un urbanismo más higiénico y adaptado a los nuevos desarrollos tecnológicos e industriales de la época. El plan de renovación, incluía además de las mejoras sanitarias y de comunicación, una finalidad política que favoreció los intereses de la clase burguesa frente a la destrucción de las raíces y conexiones sociales del pueblo Parisino.
[2] La base de los fundamentos funcionalistas publicados por el arquitecto francés Le Corbusier en su libro Propos d’urbanisme (1946), fue la concepción de una arquitectura saludable y fisiológicamente adecuada; retomando con ello algunos de los criterios de zonificación y control social que provenían del urbanismo de Haussman. El urbanismo funcionalista declaró una guerra contra las calles como espacio social, al relegarlas como meros elementos de circulación vehicular.
[3] Jane Jacobs. Muerte y vida en la grandes ciudades (Madrid: Ediciones Península, 1973): 33.
[5] Allan Jacobs. Grandes calles (Madrid: Publicaciones de la Universidad de Cantabria, 1996): 17.





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