
La basura es la cultura materializada y desechada de una ciudad. A través de la basura se pueden comprender los hábitos de consumo de los distintos grupos sociales; si se tiene una cultura del reciclaje, si la basura se acumula dentro de las casas o si se derrocha y desperdician los objetos al poco tiempo de usados. Para poder entender el fenómeno de la basura y su concepción cultural tanto en México como en otras partes del mundo, es necesario comprender la cultura de la basura a través del tiempo.
Como seres humanos que somos, tendemos a organizar los espacios que habitamos y que encontramos en aparente caos; como nos dice Kevin Lynch[i], tendemos a separar lo puro de lo impuro y con estos preceptos definimos culturalmente el mundo que habitamos. Desde siglos atrás la religión ha hecho uso de estos conceptos (puro/impuro) y dado pautas sobre cómo evitar lo indeseable (impuro) por medio de rituales, ceremonias y costumbres que contienen una serie de reglas que dotan de una identidad a sus seguidores. En el judaísmo ortodoxo hay estrictas reglas alimentarias y de limpieza, los brahmanes toman hasta 3 baños al día para mantener su casta, en el sintoísmo el desecho y deterioro son vistos como algo repulsivo, para evitarlo se realizan rituales de limpieza, los cristianos se abstienen de comer carne en días determinados, etc. Así, “el pensamiento de la contaminación, lo limpio y la degradación está extendido en las culturas humanas.”
Lo limpio no sólo representa lo puro sino también el estatus social, así como lo deseable para la sociedad. En la Europa medieval los leprosos portaban una campana de aviso y eran excluidos y rechazados, vistos como pecadores y recluidos en leproserías. Para los siglos XV-XVIII las sociedades ya tenían un tratamiento adecuado de residuos corporales, una serie de reglas de etiqueta sobre cómo hablar, comer y una distinción entre clases bajas y altas que dependía del tipo de relación que se tenía con la basura.
El vertedero de Jerusalén era llamado “Sheol” que significa infierno, y el diablo era llamado “Belcebú” que significa señor de las moscas. Otras culturas por su parte inculcaban respeto y admiración a lo sucio o impuro: el pueblo Zuni realizaba una danza donde bebían orina y comían excrementos para hacerse más fuertes y ahuyentar enfermedades, en la tribu de los Bororo el chamán con poderes sanatorios era convocado por un monstruo acuático mal oliente, mientras que el chamán que predecía la vida y la muerte estaba destinado a cargar con todos sus desechos materiales durante toda su vida. En Egipto uno de sus símbolos sagrados resultaba ser un escarabajo pelotero, los cristianos primitivos admiraban la suciedad del ermitaño y las granjas antiguas irlandesas depositaban estiércol en sus entradas como símbolo de riqueza y buena fortuna, mientras los budistas pensaban que podían adquirir el sentido de la suciedad al contemplar cadáveres en descomposición.
La basura ha tenido desde la antigüedad connotaciones tanto positivas como negativas, ha sido causa de respeto y temor, de acogimiento y de repulsión. Sin importar la postura de las sociedades respecto a la basura, la constante que las une es que estas “generan desechos resultantes de los procesos de producción y consumo que satisfacen sus necesidades”[ii]. En un principio cuando el ser humano era nómada, los residuos eran orgánicos en su totalidad y se dejaban atrás sin mayor problema; después con el descubrimiento de la agricultura y en consecuencia el asentamiento de los primeros pobladores y el crecimiento exponencial de sus ciudades, los pueblos ahora sedentarios tuvieron que elaborar estrategias para gestionar sus desechos, que ya no eran sólo orgánicos y que se acumulaban en grandes cantidades. En las ciudades de la antigüedad los residuos tanto sólidos como líquidos eran simplemente arrojados por las ventanas a la calle, con lo que se elevaba el nivel de éstas; las ciudades al permanecer sucias atraían alimañas y ocasionaban enfermedades como la tifoidea, hepatitis y cólera.
Con relación a la suciedad de las calles tomaremos de ejemplo a París del siglo XVI, donde en 1539 se escribió un edicto mandado al rey de Francia que decía lo siguiente:
“Francisco, rey de Francia por la gracia de Dios, hago saber a los presentes y venideros que habiéndonos apercibido de que nuestra buena villa y ciudad de París y sus alrededores están en muy mal estado y arruinados y abandonados hasta tal punto que en muchos lugares no se puede circular tranquilamente, ni a caballo ni en coche, sin gran peligro e inconveniente y de que la tal ciudad y sus alrededores llevan así largo tiempo y sigue todavía tan sucia, tan llena de lodos, basuras, escombros y otros desperdicios que cada uno va dejando y abandonando diariamente ante su puerta contra todo buen juicio y contra las ordenanzas de nuestros predecesores de modo que causa gran horror y disgusto a toda persona de bien y de honor y provocan estas cosas un gran escándalo y vituperio humanos de los habitantes y transeúntes de nuestra villa y alrededores, los cuales, por la infección y la fetidez de los dichos lodos, excrementos y otros desperdicios, están expuestos…”[iii]
El documento establecía además una serie de artículos que prohibían tanto la tirada de desechos en las calles y plazas como la quemada de basuras en la calle; establecía que los cerdos, aves y conejos se expulsaran de la ciudad y sus alrededores para evitar que los carniceros, polleros, taberneros y obreros mantuvieran dichos animales en ningún lugar de la ciudad tanto para la venta como para el sustento propio; la creación de fosas de retretes en casas y hostales, la tirada inmediata de la orina en los arroyos que se prohibía permaneciera en las casas y por último la advertencia de no cumplirse con lo estipulado, se despojaría de sus casas y negocios a los habitantes, para terminar dichas propiedades confiscadas en provecho del rey. Este edicto más que la descripción de un problema de la basura del siglo XVI, era una declaración a favor de una ciudad en completo orden y limpieza, dejado todo atisbo de suciedad (incluida la del arrabal) lejos de la mirada del rey. Lo puro debía ser la esencia de la ciudad, que debía ser separado de lo impuro; aquello que no se debe ver y que es expulsado a las periferias sin pensar en sus consecuencias o a dónde va realmente a parar (si no lo veo no existe). En Roma, por ejemplo, entre el 31 a.c y el 18 a.c para deshacerse de la mayoría de sus desechos los arrojaban a la cloaca máxima, sin importar que pasaran por el río Tiber y terminaran en el
Mediterráneo. Así, las ciudades sucias tuvieron por sucesión ciudades limpias, ordenadas, que mantienen sus desechos a distancia y lejos de la mirada de sus ciudadanos del centro.
Freud estipuló que las exigencias de la civilización eran primordialmente 3: orden, belleza y limpieza, donde lo útil se relegaba a un segundo plano. Dominique Laporte en su libro historia de la mierda, afirma que este discurso de lo limpio al funcionar dialécticamente dejaba en claro que “no es la suciedad la que debe representar un problema desde el punto de vista histórico, sino más bien la compulsión a lo limpio en cuanto que no encuentra sus justificaciones utilitarias fuera de una construcción retrospectiva.”[iv]
La limpieza también puede ser leída, de acuerdo a Kevin Lynch, como una acción defensiva y política, ejercida por los gobernantes y respaldada por el Estado. La limpieza es un recurso para defender la ideología dominante impuesta a la ciudad y para delimitar los espacios en los que se desenvuelven las distintas clases sociales. Friedrich Engels veía en las relaciones sociales de clase Manchester un claro ejemplo de la imagen del deterioro: lo limpio destinado a aquellos que podían costearlo, mientras lo sucio era destinado a aquellos que no tenían posición social y que por tanto vivían en lo marginal, entre heces y olores indeseables.
A los edificios por su parte, se procura mantenerlos limpios y en orden en la fachada que da a la calle principal, mientras que su parte trasera o más escondida suele ser sucia y poco cuidada. Tomemos de ejemplo las calles recientemente reformadas del Centro Histórico de la ciudad de México, como son el corredor peatonal Francisco I. Madero o la calle 16 de septiembre, que intentan mantener una buena imagen de la ciudad, mientras que lugares populares como la calle de Moneda, ubicada a un costado trasero de la catedral, se mantiene “sucia” y escondida, ocupada predominantemente por los comerciantes informales que podemos identificar como parte del sector popular que es marginado y desplazado, lejos de la mirada de las calles principales de la ciudad.
[i] Kevin Lynch. Echar a perder. España, Barcelona: Gustavo Gili, 2014.
[ii] Martín Medina. Reciclaje de desechos sólidos en América Látina. En: <www.ecodar.net/2010/08/reciclaje-de-desechos-solidos-n-america-latina/>
[iii] Dominique Laporte. Historia de la mierda. España, Valencia: Pre-textos, 1989. Pp.10-11
[iv] Ibid. P.19




Sorry, the comment form is closed at this time.