Fuente:
La internacionalización y consecuente estandarización de los medios de producción y la importación de recetas son, a mi parecer, unos de los retos más grandes que el siglo XXI impone. Lograr hacer una “buena” arquitectura es un reto que solamente puede lograrse si se toman en consideración las condiciones físicas y humanas del sitio, por una parte, pero también la manera en la que éstos se inician mediante la sabia selección de sistemas constructivos, materiales y procedimientos. Asimismo, las relaciones sociales que emanan de la actividad productiva son determinantes en el uso y apropiación de los espacios diseñados. De esta forma, el cómo se hace resulta igual de importante que el qué. No basta con tener buenas intenciones, es igualmente importante saber llevarlas a cabo.
El uso y aprovechamiento de cuerpos de agua, ventilación, incidencia solar, la consideración y aprecio por la cultura local, la economía, la estructura social, la mano de obra empleada, y el uso y aprovechamiento de tecnología local, entre otros factores, son condiciones que logran que la arquitectura forme parte de su contexto tanto físico como social, fomentando así la identidad social y espacial.
Cuando un edificio expresa nociones que trascienden la simple utilidad, entendiendo a ésta como su fin principal, puede lograrse incursionar en los valores que éste ha de expresar. Dichos valores deben ser, como se mencionó anteriormente, el reflejo del entendimiento del contexto, de las dinámicas sociales, pero sobre todo, de la cultura y el lugar en el que sitúa. Una vez que se conquistan dichas metas, el edificio pareciera pertenecer a aquel espacio-tiempo donde es construido. Promoviendo desde el diseño y la construcción el sentido de pertenencia, el edificio logrará trascender como testigo de su época.
Un edificio se vuelve atemporal una vez que, a pesar del paso del tiempo, la sociedad le sigue encontrando valor y significado. Es por lo tanto a partir de la revaloración incipiente de éstos dos factores, que un edificio puede transformarse y sobrevivir el paso del tiempo, albergando y adaptándose a nuevas funciones y usos que la sociedad le brinde.
Esto, a la vez, implica que la arquitectura debe de ser, por un lado, local y lograr mantener un equilibrio con su entorno y, por otro, contar con una calidad que le permita envejecer con dignidad. Un objetivo del diseño debe de ser que los materiales que conforman al edificio logren expresar el acontecer del tiempo para que así logren adquirir valor por medio de la incidencia de los factores naturales sobre ellos. Cabe cuestionarse hasta qué punto los materiales industrializados empleados en la actualidad cumplen con dicho propósito.
Parece que la manera en la que el proceso de diseño y la construcción se llevan a cabo en nuestros días, es el reflejo de una arquitectura impersonal, estandarizada y automatizada. Con el paso de la globalización, la arquitectura ha dejado de reflejar el carácter propio del sitio y del contexto, buscando llamar la atención mediante el recurso del espectáculo. En la actualidad se apuesta a la intemporalidad por medio del contraste y el alarde formal. Ser diferente por ser diferente.
Desafortunadamente, gran parte de la arquitectura hoy en día está encaminada, cada vez más, hacia una tendencia formalista debido a la adopción de una filosofía hedonística que busca a toda costa enaltecer el nombre del arquitecto diseñador antes de resolver los retos del habitar y el permanecer.
Si el diseño no toma en consideración los valores de primer nivel en nuestra interacción humana y social y los refleja en su expresión formal, difícilmente podrá contribuirse a mejorar la calidad de nuestro entorno.
Suponiendo que la arquitectura es el reflejo del tiempo y el lugar en el que se sitúa, valdría la pena analizar qué es lo que ésta refleja en México y en países de la región latinoamericana.
¿Hasta qué punto se ha claudicado nuestra herencia cultual ante el desesperado intento de encajar dentro del panorama internacional? El sano sincretismo que caracterizó la arquitectura virreinal en nuestro país ha sido sublimado por la imposición estética con aspiraciones globalizantes. A mi parecer, no hemos logrado hallarnos dentro del cambio constante y veloz que la globalización impone sobre nosotros. Considerando nuestras limitantes tecnológicas con respecto a los países que dictan la línea de diseño a nivel internacional, se ha generado una arquitectura que no logra trascender. Se nos olvida que para lograr ser internacional, primero se debe de ser profundamente local.
Para finalizar, considero que las tendencias del libre mercado han llevado a la arquitectura a asumir una posición de anfitriona dentro de un contexto urbano irracional y complejo, empujándola a la vulgarización formal. De continuar las tendencias actuales, la profesión terminará promoviendo un monólogo sordo, ajeno a su contexto, irreverente e intrascendental.
Es necesario tomar consciencia y luchar por contrarrestar las tendencias actuales. Responsabilizarse y asumir la tarea de propagar nuestros valores, haciendo hincapié en nuestra herencia, para así lograr su revalorización con miras a un futuro prospectivo. Ésta es la meta que las nuevas generaciones de arquitectos deberán asumir, superando las barreras cortoplacistas autoimpuestas por el lugar y el tiempo en el que vivimos.





Sorry, the comment form is closed at this time.