Apuntes de cine y ciudad. Wim Wenders / Manuel Delgado

Fuente: Lorena Cardona, 2013.
El cineasta alemán Wim Wenders define el cine como “un arte urbano, un lenguaje de ciudad”.
Una ciudad no solo está hecha de edificios, calles, plazas, infraestructuras, con gente que transita todo el tiempo por ella; una ciudad es más que elementos físicos y personas; las ciudades están cargadas de historias, de emociones, de sentimientos. Cada lugar de la ciudad cuenta una historia siempre distinta una de otra, la cual puede ser intensa o sombría, pero también alegre y excitante; la ciudad es el reflejo de miles de historias vividas una tras otra. Wim Wenders afirma que el cine es el mejor espejo para las ciudades y para las personas que viven en ellas; el cine pertenece a la ciudad y refleja su esencia. Tanto el cine como la ciudad son una construcción hecha de imágenes donde convergen elementos diferentes, donde además se muestran historias de personajes y lugares, donde el tiempo y el movimiento se experimentan como en ningún otro lugar, y donde se tejen relaciones emocionales muchas de ellas inesperadas.
Para Wenders la ciudad tiene su propia identidad, por tal razón esta deja de ser ese fondo sobre el que se desarrollan las historias y sobre el que actúan los personajes, y por el contrario se vuelve un personaje añadido a sus películas: “Una calle, un frente de fachadas, una montaña, un puente, lo que sea, siempre son algo más que un fondo. También poseen una historia, una personalidad, una identidad que no hay que desdeñar. Influyen en los caracteres humanos que se mueven sobre este fondo, provocan un estado de ánimo, una sensación de tiempo, una determinada emoción”[1]. Así las ciudades constantemente están ofreciendo cosas, cada lugar posee una personalidad, un aura que influye en las personas que se mueven sobre ellos, provocando así una emoción, una actitud y un estado de ánimo, el cual se ve reflejado en los acontecimientos y situaciones presentadas. En este sentido, se podría decir que tanto el cine como la ciudad están hechas de lo mismo: de una estimulación sensorial ininterrumpida, hecha de secuencias de acontecimientos, de emociones e impresiones inesperadas; ya que en las ciudades como en las películas siempre están pasando cosas.
El cine como un instrumento para conocer la ciudad
El antropólogo español Manuel Delgado considera que el cine es un instrumento que sirve para conocer la realidad de la ciudad: la cámara cinematográfica como instrumento ya no de arte, sino de investigación. El cine permite entender y analizar la ciudad en todos sus componentes: sus espacios, edificios, habitantes y actividades, así como la interacción entre ellos. El cine tiene la capacidad de reflejar lo inestable, lo fluido y lo cambiante de la vida urbana; se muestran seres humanos en movimiento, desplazándose sobre superficies también cambiantes, así como los movimientos de esos seres humanos en relación a dichos espacios. El cine expresa más que cualquier otro medio la relación del ser humano con el tiempo y con el espacio.
Manuel Delgado señala que “El cinematógrafo puede reflejar mejor que ningún otro instrumento – incluyendo el propio ojo- los aspectos escenográficos y coreográficos de la actividad de los individuos y los grupos, puede descomponer, ralentizar, acelerar, acercar o alejar a voluntad, detalles de la expresión corporal o verbal humana, que de no ser por la cámara, pasarían desapercibidos”[2]. El cine puede ser visto como un medio para documentar y reflejar la vida cotidiana en la ciudad, mostrar los usos del espacio que hacen personas ordinarias en condiciones ordinarias, que no son expresiones o representaciones de esta, sino que son en sí mismas la ciudad. Se trata de imágenes, personas, momentos, lugares, gestos, palabras y acciones; se trata de la vida misma, de la vida urbana puesta en escena. La cámara cinematográfica es tal vez el medio que mejor muestra la condición del “vivir”; todo aquello que a simple vista es observable e incluso aquello que permanece oculto ante nuestros ojos como conductas, sentimientos, gestos y todos los aspectos relacionados con esa ritualidad de que está compuesta la vida cotidiana. En este sentido, el cine, aparte de ser un arte urbano es también antropológico, porque nos informa constantemente sobre la condición humana y la vida en ciudad.
Manuel Delgado afirma también que “Toda película es un relato que habla de relaciones sociales urbanas, puesto que se basa en acciones humanas secuenciadas cuyo contexto es la propia situación que crean, sea cual sea la época o el lugar en que transcurra”[3]. El cine esta caracterizado por situaciones que van emergiendo a cada momento, nunca es un producto totalmente acabado o estructurado, sino que por el contrario es una proliferación de imágenes, personajes, historias y relaciones que se hacen y deshacen constantemente; donde lo que cuenta es lo perceptible a primera vista, lo intuido y lo insinuado. El cine presenta esa condición que caracteriza la vida urbana: un conjunto de relaciones que se construyen holísticamente, hechas de situaciones fortuitas y efímeras; un collage de movimientos, de elementos dispersos, de cosas que pasan y que ya no volverán a pasar; porque en el cine como en la ciudad todo está en un constante devenir.
Para Wim Wenders a través del cine también se puede conocer las dinámicas que caracterizan la ciudad actual, ya que tal como pasa con las imágenes, las ciudades tienden más a la comercialidad obligando con esto al habitante/observador a tener experiencias de segunda mano. Las ciudades son cada vez más complicadas, más estridentes y abrumadoras, todo va a mayor velocidad, en donde lo pequeño ha dejado de existir para dar paso a lo grande, lo ostentoso, lo inescrutable y lo prepotente. Así el cine va reflejando cada vez más esa condición; las películas nos llenan con imágenes de ciencia ficción en donde todo va más rápido y todo se vuelve espectacular, perdiéndose así la escala de lo humano. Tal como lo afirma Wenders, se va perdiendo esa experiencia directa de la vida urbana, donde lo que queda es una mera ilusión, una fantasía, un simulacro de la ciudad.
Asimismo Wenders señala que las ciudades actuales están cada vez más llenas, se han ido perdiendo los espacios vacíos en los que es posible captar su imagen, contemplar el paso del tiempo y conocer su historia. Este reflejo de la ciudad también se traduce en el cine; las imágenes cada vez se presentan más saturadas, obligando al ser humano a ver más rápido para tratar de entender el contexto. Wenders explica esta situación con la siguiente analogía: “Cuando hay mucho para ver, cuando una imagen está demasiado llena o cuando hay muchas imágenes, ya no ves nada. Del demasiado se pasa muy rápido al casi nada. Por el contrario cuando una imagen esta casi vacía, cuando es muy pobre, puede poner tantas cosas al descubierto que el espectador queda completamente saciado al ver que del vacío sale un todo” [4]. Es así como el vacío representa ese medio que tanto en el cine como en la ciudad funciona como instrumento de conocimiento y exploración; todo lo que se quiere mostrar, su esencia, está en lo que no aparece percibido a simple vista, en lo que no está, en lo que queda fuera de la imagen o del lleno, en el vacío.
[1] Wim Wenders, El acto de ver (Barcelona: Paidós, 2005): 120.
[2] Manuel Delgado, El animal público (Barcelona: Anagrama, 1999): 61.
[3] Manuel Delgado, El animal público (Barcelona: Anagrama, 1999): 72.
[4] Wim Wenders, El acto de ver (Barcelona: Paidós, 2005): 122.
Sobre el cineasta Wim Wenders
Wim Wenders nació en Düsseldorf, Alemania en 1945; ha sido fotógrafo, guionista, productor, actor y director de cine. Su obra se concentra principalmente en la dirección y producción de largometrajes, cortometrajes y documentales; sin embargo también ha trabajado como crítico y en la actualidad es el presidente de la Academia Europea de cine. A pesar de no tener mucha obra escrita, Wenders publicó en el año de 1992 su libro titulado “El acto de ver” en el que presenta una recopilación de sus trabajos periodísticos compuestos por textos y entrevistas realizadas entre los años ochenta y noventas. Su libro no plantea precisamente una teoría como tal sobre el cine; sino que por el contrario, se desarrolla como una serie de reflexiones que él hace sobre su oficio, sus películas, su relación con las personas, la historia, las nuevas tecnologías, y muy especialmente con las ciudades. Wenders identifica en este libro la importancia que tiene el paisaje y la vida urbana en el cine, al definirlo como un arte urbano y un medio de expresión de la ciudad.




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