CUENTOS DE ALARIFE
CAPITULO III
En el que Alarife y la hermosa joven Azahara aprenden a decir otras cosas.
Por Carlos Mijares Bracho
1930 – 2015
Alarife logró arrastrar los troncos al desierto.
Primero clavó dos, no muy lejos uno del otro, y luego los enderezó para que se vieran mejor.
Alarife y su joven amada, que llevaba el aromático y sugestivo nombre de Azahara, descubrieron que ahí también podían bailar, primero alrededor de un tronco y luego del otro, o alrededor de los dos, o ir de uno al otro girando alternadamente.
Cuando se cansaron de bailar y se sentaron, se dieron cuenta de que era distinto sentarse en el espacio que quedaba entre los dos troncos que hacerlo fuera.
También observaron que si se paraban un poco lejos frente a los troncos, había unos lugares desde donde veían los dos, uno a cada lado, pero que si se movían poco a poco alrededor parecían acercarse uno al otro hasta que sólo se veía uno y no dos.
Si seguían dando vuelta los troncos se volvían a separar poco a poco y luego volvían a juntarse.
Entusiasmados, quisieron ver qué pasaba poniendo muchos troncos en hilera, primero cada uno donde caía y luego todos alineados a la misma distancia. Cuando bailaron entre ellos descubrieron que según acomodaran los troncos pasaban diferentes cosas: a unas las llamaron capricho y a otras ritmo. Observaron que no era lo mismo poner las cosas en forma casual y descompuesta, que hacerlo con cuidado y lograr componerlas.
También observaron que las partes del desierto que se enmarcaban entre los postes parecían diferentes a las que quedaban fuera. Y como en el desierto todo parecía lo mismo, les sorprendió mucho ver que ellos podían lograr que lo igual pareciera distinto.
Otro día colocaron los troncos en círculo y vieron que así se organizaba un lugar del que entraban y salían, y que se sentía diferente estar adentro que estar afuera.
En las noches, a Azahara le gustaba ver la luna y las estrellas del cielo. En el día Alarife observaba atentamente el sol, la luz, las sombras y las nubes.
Pasado el tiempo se dieron cuenta que el sol, la luna y las estrellas no salían todos los días por el mismo lugar, y también que las sombras de los troncos unas veces eran más largas y otras más cortas.
Al danzar entre los troncos habían aprendido que las cosas podían tener un orden y un ritmo, se fijaron muy bien para ver si encontraban alguno en las salidas del sol y las estrellas o en el largo de las sombras de los troncos. Y al ver que sí, empezaron a preguntarse porqué y comenzaron a desarrollar su curiosidad.
Carlos Mijares Bracho





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