Este relato está basado en la lectura de un libro que me aportó una mirada nueva sobre muchos fenómenos sociales, culturales e incluso urbanos.
“Sistemas Emergentes. O qué tienen en común hormigas, neuronas, ciudades y software” (Johnson, 2003) analiza y describe las propiedades de la Emergencia, siendo ésta lo que sucede cuando elementos relativamente simples y sin funciones complejas, se autoorganizan de manera espontánea y comienza a tener un comportamiento inteligente. Steven Johnson describe cómo muchos organismos, tanto vivos como artificiales (e incluso ciudades) utilizan estas propiedades de la emergencia para su organización. A través de reglas simples se crea un sistema ascendente, donde los agentes de un nivel inferior adoptan comportamientos de un nivel superior (las hormigas crean colonias, los hombres barrios y ciudades).
A partir de su lectura, pude descubrir cómo muchas de estas características de la autoorganización se veían reflejadas en el comercio ambulante y la informalidad en el barrio de La Merced.
Hace unos meses hice un experimento. Escribí la frase «La Merced» en el buscador de imágenes de Google.
Para mi lamento, encontré lo que me imaginaba que iba a encontrar…, será que mis neuronas espejo[1] funcionan bien, porque de alguna manera pude advertir lo que millones de personas detrás de esta pantalla pensaban sobre La Merced, o por lo menos, qué elementos consideraban representativos de esta zona urbana.
Como no debe sorprenderlos a ustedes tampoco, o por lo menos a los que han oído algo sobre La Merced, las imágenes consistían en fotos de prostitutas, alguien siendo arrestado por la policía, frutas, más prostitutas y un poco más de frutas. Haciendo este experimento pude identificar qué elementos forman parte del imaginario colectivo que, muchas veces, condiciona las conductas humanas.
Puedo comprender que La Merced sea sinónimo de marginalidad, prostitución, informalidad; el experimento incluso hizo que recordara una de las anécdotas que viví recorriendo el barrio, anécdota que llamo «la prostituta, el hombre y el borracho». Una tarde caminando por San Pablo, iba buscando partes para mi bici y mientras intentaba esquivar gran cantidad de gente, el ruido del tráfico me aturdía, la música de los locales también…, cuando vi una escena que me dejó perpleja, reacción que rápidamente disimulé para que mi novio chilango no se diera cuenta y pensara que había vivido en un búnker jugando sólo con Pequeños Ponis[2] y Rositas Fresitas[3]. La escena se armaba así: ella estaba parada en la esquina de la calle al borde de la banqueta, apoyada de un teléfono público mientras coqueteaba con el señor que estaba interesado en saber el precio de la futura transacción. Al lado de ellos estaba el borracho, un hombre completamente desmayado tirado en forma diagonal a la banqueta. Su cabeza estaba a centímetros de los altos tacones de la niña que si movía su pie lo pisaba. El brazo y pierna derecha estaban prácticamente apoyados en la calle, milagrosamente esquivados por los autos, mientras que la parte izquierda del cuerpo se transformaba en obstáculos para los peatones. Quién sabe qué habrá pasado al final con el borracho, quizás se levantó en un momento sin saber qué había pasado. Lo que ese día confirmé, es que caminar por La Merced es un experimento antropológico permanente.
Como cualquier persona que recorre una ciudad ajena a su país, mis recorridos por La Merced tienen una mirada distinta, quizás sin toda esta carga del imaginario colectivo que tiene la sociedad de México. Yo deambulaba y sigo deambulando por ahí, como lo haría en cualquier parte de la ciudad. A través de este recorrido al mejor estilo flâneur -o por lo menos eso es lo que intento hacer- descubro y sigo descubriendo la riqueza de lo informal…, y es interesante comenzar a detectar la emergencia de la informalidad.
Tomemos por ejemplo el tianguis ubicado en la Plaza Alonso García Bravo, o Plaza de la Belleza para los conocidos, que por el nombre deben imaginarse que está destinado a productos de cosmética, es como un spa al aire libre. Como los otros tianguis de la ciudad, es un sistema autoorganizado, influenciado, claro está, por fuerzas descendentes[4] que forman parte de la ciudad, pero que funciona independiente a ciertas normativas de la misma. Es llamativo cómo en este caso, todos los puestos están dedicados a tratamientos de belleza, unos hacen manicure y pedicure, otros depilan, otros hacen planchado de cejas, rizado de pestañas, etc. y los precios entre servicios similares están regulados, por lo que el cliente sólo elije un puesto u otro en relación a la atención brindada. Es un claro ejemplo de interacción entre vecinos, donde se observa la conducta del otro y se modifica la propia en relación a la anterior, generando así una autorregulación: si mi vecino vende una aplicación de uñas nueva o un color que causa sensación, es inteligente de mi parte buscar el color o la aplicación para comenzar a venderla yo también. A partir de micromotivos, se genera una macroconducta.
Otro ejemplo podría ser los trabajadores que se ubican al lado de la Catedral. Hace poco leí que en los mercados y plazas mexicas se ubicaban maestros y trabajadores de diferentes oficios, en espera de ser contratados para realizar algún trabajo de su especialidad. Siete siglos después, la ciudad se reinventó quién sabe cuántas veces, fue conquistada, se independizó, se revolucionó, se expandió hasta límites inimaginables, modificó sus alturas, sus normativas, sus leyes y, sin embargo, los trabajadores del Zócalo siguen ahí esperando ser contratados. ¿Tradición? Seguro…, pero desde la mirada de la emergencia es el reflejo de otras de sus características: el reconocimiento de patrones. La ciudad aprende e incorpora conocimiento, la almacena y luego sabe dónde encontrarla. Permite que setecientos años después, los trabajadores sepan dónde ubicarse y los clientes sepan dónde encontrarlos para contratar sus servicios; se convierten en un patrón que se mantiene a lo largo del tiempo.
Por otra parte, en una zona a un metro cincuenta más abajo que los trabajadores del Zócalo, bordeando La Santísima (o la Hundidísima para algunos) vemos un mar de vendedores ambulantes que ubican sus lonas ofreciendo sus productos: ropa, mochilas, calcetines, artículos de bazar y un sinnúmero de mercaderías más. El mar de ambulantes es un ejemplo de retroalimentación positiva: un vendedor observa que ubicando su lona en esta zona, que es circulada por mucha más gente, vende más que dos cuadras mas allá. Otro vendedor observa que al primero le va mejor ahí y también se coloca a unos metros del anterior; aparece un tercer vendedor que observa que los dos anteriores venden mejor y también decide colocarse en la zona y así sucesivamente con decenas de vendedores más, generando el mar de ambulantes, expandiendo y amplificando el fenómeno.
De esta manera vemos que los sistemas emergentes necesitan de una retroalimentación negativa para autorregularse y mantener un equilibrio en el sistema, como es el caso de los locales del Niño Dios ubicados en calle Talavera. Estos locales, uno al lado de otro a lo largo de dos cuadras, han llegado a conformar otro patrón que se mantiene en el tiempo. Es un sector homogéneo, que se dedica específicamente a la venta de ropa y muñecos del Niño Dios para la celebración del día de La Candelaria. La ropa va desde los típicos vestidos para arrullarlos hasta uniformes de distintos equipos de futbol, para que el niño sea simpatizante del mismo equipo que la familia. Debido a su permanencia en el tiempo y su carácter homogéneo, se transformó en el referente para la venta de estos productos. Gracias a la cercanía entre locales, se genera una interacción entre vecinos, se detecta la conducta del otro y se modifica la propia, realizando un análisis del entorno, casi inconsciente. De esta manera, se establecen reglas específicas generando así una autorregulación y un equilibrio en el sistema, el sistema se transforma en un sistema adaptador.
Para completar este relato, me quedaría desarrollar la propiedad del control indirecto. Como un poco ya se intuye a lo largo de la lectura de este texto, esta propiedad no es tan fácil de encontrar en los sistemas humanos, ya que siempre termina siendo parte de alguna estructura de índole descendente.
Los seres humanos nos hemos acostumbrado a tener un marcapasos, una figura que sea nuestro referente…, esta característica quizás sea la más difícil de lograr en los sistemas humanos y no artificiales. Sin embargo, poco a poco se están adoptando, con el apoyo del sistema emergente por excelencia (la web), estos sistemas adaptadores autoorganizados para las protestas sociales.
Quizás éste sea el paso a seguir en la emergencia.
[1] Neuronas que se activan en nuestro cerebro, cuando experimentamos estados mentales y cuando imaginamos y detectamos esos estados mentales en otras personas. (N. de la A.)
[2] My Little Pony. Línea de coloridos ponis de juguete, creado por la compañía Hasbro en Estados Unidos en 1983.
[3] StrawberryShortcake. Muñeca creada en 1979 en Estados Unidos, cuyo origen deviene de un personaje de tarjetas postales de la empresa American Greetings.
[4] Los Sistemas descendentes están caracterizados por una organización vertical, piramidal, donde existe un líder (o marcapasos) que da las pautas de cómo actuar o qué hacer. (N. de la A.)
Imágenes de Selene Losano, 2012.
*Este artículo forma parte de la investigación en curso titulada: Merced Ciudad Ambulante.





Estupendo relato Selene. Enhorabuena.
Muchísimas gracias Xaime! Saludos