Sobre como ser practicantes de la ciudad
Fuente: http://www.excelsior.com.mx/
“Cuando recorres un lugar a pie ves de otra manera que cuando atraviesas un paraje en coche… la gente ya no se detiene… no has hecho ni siquiera un viaje, sino únicamente llegar. Cada vez más la gente se limita a llegar a un sitio y no a viajar a ese sitio” […] “Estoy hablando de los ejércitos de turistas… de esa gente que no tiene conciencia de haber estado en ningún sitio hasta que llega a casa y ve sus fotos y videos. Estoy hablando de la forma de vivir de segunda, tercera o cuarta mano”.
Wim Wenders, El acto de ver. 2005.
El filósofo francés Michel De Certau en su libro La invención de lo cotidiano plantea la siguiente reflexión sobre las prácticas de la ciudad: ¿Somos nosotros caminantes (practicantes) o tan solo mirones de la ciudad? Con base en esto,presenta dos ejemplos con los que trata de resolver tal interrogante. En primer lugar toma como referencia las ya inexistentes torres del WTC en la ciudad de Nueva York. Para De Certau subir a la cima de dichas estructuras, consideras en su tiempo como unos de los rascacielos más altos del mundo, implica separarse del dominio de la ciudad para tomar con esto la posición de espectador. La elevación convierte al ciudadano en “mirón”, lo pone a distancia de la realidad urbana como una especie de punto vidente que constituye la ficción sobre cualquier conocimiento. En segundo lugar, retoma el ejemplo de las pinturas medievales que representaban la ciudad vista en perspectiva; una ficción que para él transforma al espectador en ojo celeste, en una vista que crea dioses en lugar de ciudadanos.
En ambas situaciones, el impulso de esa visión utópica, distanciada y totalizadora del paisaje urbano, crea lo que podría llamarse lectores de la ciudad, de un texto petrificado que oculta toda la complejidad y vitalidad que la caracterizan. Esta forma de percibir, habitar y relacionarse con el espacio, da lugar a lo que De Certau llama una ciudad panorama: “un simulacro teórico (visual), en suma, un cuadro, que tiene como condición de posibilidad un olvido y un desconocimiento de las practicas”[1]. Así, al tomar la posición de espectador y convertirse solo en lector, el habitante se vuelve ajeno a la ciudad y a sus actividades más cotidianas.
En este sentido, una ciudad que no se camina y se practica termina por convertirse en un mero espacio geométrico. La ciudad entra en actividad con el recorrido, pues, son las escrituras de los transeúntes que avanzan y se cruzan, sus movimientos, trayectorias y alteraciones, quienes componen esa historia múltiple, compleja y diferente a cada momento. Una ciudad se disfruta verdaderamente al caminarla, al sentirla con la mente y con los pies. Los transeúntes son los principales y más activos practicantes de la ciudad, pues esta solo cobra sentido cuando su espacio se transforma en relación a las necesidades mutables de los transeúntes.
Esta oposición entre mirones y caminantes, se compara también con la diferenciación entre ser turista o viajero de la ciudad. El paseo, es la forma más común y sencilla de viaje. Viajar es un movimiento desde algo y hacia algo, que implica condiciones de riesgo, observación, el encuentro con lo desconocido, lo efímero, la curiosidad y la aventura. El viaje produce un peregrinaje a un intercambio entre culturas y estilos de vida diferentes, que permite tomar conciencia sobre otras realidades diferentes a las propias; en este sentido, se convierte en una forma de conocimiento, como una manera de enriquecer tanto el cuerpo como el espíritu. Los viajes no solo colaboran en la organización de una manera de ver el mundo, sino que también ayudan a crearlo, ellos potencian la atención, la memoria y la creatividad.
Marc Auge (2007) plantea una diferenciación entre lo que significa ser un turista o un viajero: “El turista exige siempre una comodidad tanto física como psicológica; es un consumidor de exotismo y de paisajes, y aunque se encuentre en otro lugar, siempre seguirá estando en su lugar de origen, ya que él se las arregla para que toda su estancia sea lo más parecido a lo que siempre suele ver y hacer, a su entorno habitual […] Para el viajero por su parte, perder el contacto con sus raíces no se limita solo a buscar un paisaje diferente, sino que llega a poner a prueba su propia identidad, en otras palabras, viaja fuera de sí mismo; él espera siempre a conocer el papel y el lugar que le asigna ese nuevo sitio, para empezar a comprenderlo”[2]. Auge considera que hay ciudades creadas por el turista, espacios donde el individuo se siente como espectador sin que la naturaleza del espectáculo le importe verdaderamente. Un desplazamiento por paisajes de los cuales él no aprecia sino solo vistas parciales e instantáneas, sumadas y mezcladas en su memoria, y recompuestas en el relato que hace de ellas a la vuelta de su viaje.
Ante esta situación, podría decirse que la mayoría de veces vivimos la ciudad como turistas, con recorridos rutinarios, uniformes e inconscientes, y con una mirada ciega y ajena al espacio, la gente, las actividades y los objetos. Comúnmente se recorre la ciudad mediante un desplazamiento automático en donde no se percibe más allá de lo que se ve a simple vista, y donde persiste siempre una actitud de negación a indagar lo extraño, lo diferente y lo oculto, e incluso sobre aquellas cosas ordinarias y cotidianas que suceden día a día ante nuestros ojos. Tal y como lo dice el cineasta Wim Wenders en el texto inicial de este artículo, nos hemos habituado a ser turistas, a solo llegar al “lugar” y con esto se ha perdido la experiencia del viaje y del recorrido (la práctica del lugar). Ser mirones o turistas implica pues una manera de vivir la ciudad de segunda, tercera o cuarta mano.
[1] Michel de certau, La invención de lo cotidiano (México, DF: Universidad Iberoamerica AC, 2010): 105.
[2] Marc Auge, Por una antropología de la movilidad (Barcelona: Gedisa, 2007): 63,65.





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