
©Foster + Partners / FR-EE
La semana pasada el Presidente de México Enrique Peña Nieto estrenó juguete nuevo, nos referimos por supuesto al nuevo proyecto de Norman Foster y Fernando Romero para el nuevo y flamante Aeropuerto de la Ciudad de México. El juguete, aparte de ser un alarde tecnológico en términos estructurales, ambientales y logísticos conlleva una interpretación importante respecto a la orientación del mismo y el rumbo que le depara a la Ciudad de México.
El nuevo AICM ha sido un proyecto largamente pospuesto, todos podemos recordar el intento catastrófico en el sexenio de Fox de implementar un nuevo aeropuerto en las inmediaciones de San Salvador Atenco, y la participación que tuvo el actual presidente.
Esta vez, para ahorrarse las problemáticas sociales que implica la expropiación de terrenos, el proyecto se ubica dentro de los confines de los terrenos de propiedad federal que comprende el Lago de Texcoco. “Estratégicamente” colocado en el Estado de México, al norte del Bordo de Xochiaca (El que fuera el basurero más grande de Latinoamérica) y encima de una parte del lago mencionado (el gran vaso regulador de la Ciudad de México).
Independientemente de su factibilidad técnica de ubicarse en un lago salino, o de los problemas sociales que implicará su ubicación junto a los terrenos ejidales de los atenquenses que recuerdan perfectamente el episodio anterior, hay una pregunta importante a resolver: ¿Para quién y qué es el nuevo aeropuerto? ¿Qué finalidad tiene?
Un detalle de la presentación del aeropuerto que no deja de zumbar en mi cabeza es como para todos los oradores el aeropuerto simbolizaba una puerta.
Y es que si le empezamos a sumar los proyectos de “ciudad compacta” o de las Zonas de Desarrollo (ZODES) del Distrito Federal, las reformas estructurales de EPN, las (por ahora atrasadas) normas 30 y 31 para el DF, nos encontramos con un panorama esclarecedor del tipo de ciudad que el gobierno federal y local pretende para la ciudad de México. La pretensión es la de, al más puro estilo de Saskia Sassen y sus Global Cities [1], convertir la capital del país en una “Ciudad Global”, en donde la economía se mueva por medio del sector de servicios de las grandes trasnacionales del mundo globalizado.
Sassen nos habla de la competencia que existe actualmente en las ciudades más desarrolladas por acaparar las oficinas y headquarters de los grandes corporativos a nivel mundial. Debido a la derrama económica y poder político que implica ser el punto estratégico del territorio global en el que estos monstros corporativos vigilan el mercado. ¿Si usted fuera un trajeado de elite mundial, que buscaría en su residencia temporal, si le dieran la filial de Latinoamérica por ejemplo? ¡Pues para empezar un aeropuerto nice!
El problema que conlleva ser una ciudad global es que los nuevos inquilinos elite tienen la visión y filosofía de que las ciudades son un gran hotel de 5 estrellas, el cual debe servirles. Ya veremos sutilmente con los años si este proyecto de ciudad se consolida (aún más de lo que ya existe)y la ciudad de México se transforma en un lugar que estará al servicio no de sus habitantes, sino de empresarios que no son residentes y solo están “de paso”.
En uno de los inacabables comentarios que están surgiendo en la red acerca del AICM algún internauta anónimo cuestionaba el porqué de la titánica inversión en un aeropuerto que menos del 2% de la población mexicana usa (el vigilante de mi edificio todavía no se sube a ningún avión). La respuesta también es obvia, es un aeropuerto bien mexicano (según Fernando Romero la X es súper mexicana) que no es para los mexicanos. Es más, resulta que no es un aeropuerto, es una puerta, la puerta al capital trasnacional. Al parecer la vocación futura de la ciudad de México será ser el Call center de Latinoamérica.
[1] Sassen, Saskia. The global city. Princeton, NJ: Princeton University Press, 1991.







Sorry, the comment form is closed at this time.