Podemos afirmar que en las prácticas arquitectónicas se ha dado por hecho que la arquitectura es un arte y que el arquitecto es un artista que produce obras de arte; pero esto ¿qué repercusiones ha tenido en la historia del habitar humano?, ¿los seres humanos habitamos verdaderamente obras de arte? ¿Habitar obras de arte contribuye a la construcción de un hábitat justo y apropiado para todos los seres humanos? Evidentemente este axioma con el que se enseña y se hace historia de la arquitectura forma parte de un gran relato que occidente se ha contado a sí mismo, y se ha legitimado como ideología dominante y que aquí nos cuestionamos porque cuando esto se manifiesta en la realidad del hábitat humano nos resulta evidentemente problemático, porque entre otras cosas, es poco incluyente.
En este sentido, la estética es una disciplina que estudia las formas de percepción, estudia los juicios de valor, la construcción de los gustos en diferentes épocas y contextos, los quiebres de sensibilidad en la historia con los avances técnicos y económicos, en general estudia la búsqueda profundamente humana de vivir bien, de vivir dignamente; porque es característico del ser humano buscar no únicamente la sobrevivencia sino de estilizar la vida, sofisticarla y mejorarla a veces hasta la vanidad, no solamente necesitamos paredes, muros y techos donde guarecer y protegernos de la intemperie como el resto de los animales, sino que buscamos cobijo, confort, disfrute, buscamos identificarnos con el espacio que habitamos y manifestar en él nuestro ser. Buscamos domesticar el espacio, humanizarlo.
Desde el paleolítico podemos encontrar multitud de fenómenos estéticos, que provenían de la veneración y el asombro frente a la naturaleza y de la presencia existencial del ser humano en ella. Según Walter Benjamin, “el modo originario de inserción de la obra de arte en el sistema de la tradición encontró su expresión en el culto. Las obras de arte más antiguas surgieron, al servicio de un ritual que primero fue mágico y después religioso”. (Benjamin, 2003; 49) Así entonces las obras de arte y el mundo del arte se fundamentan en el ritual, en el culto, en la búsqueda de lo original, de lo único, de lo aurático y de su contemplación y goce de forma ceremonial orientado a la elevación espiritual del espectador y de su creador/artista.
En la modernidad, la secularización de la fe, también separó al arte de la religión y ha llevado a dos posturas respecto al arte, la primera a entender al arte como una religión moderna autoreferencial, con la postura del “arte por el arte” que se aprecia en templos laicos como el museo y recintos sagrados como la sala de conciertos. La segunda postura llevó a la emancipación del arte del ritual y al surgimiento de manifestaciones artísticas apegada a desempeñar funciones sociales y masivas como el cine o la fotografía; surgieron proyectos de un arte “para el pueblo” un arte útil llevado a todos los detalles de la vida y que contribuyera al bienestar de la inmensa mayoría.
En el caso de la arquitectura, la figura del arquitecto-artista surge en el renacimiento y en la modernidad las obras de arquitectura se aprecian en algunos casos como obras de arte en sí mismas, cuyo único sentido es producir belleza, y ser el arte que adorna los edificios para que su uso contribuya a la salud mental, al poder y al placer, tal como la define John Ruskin o citando a Le Corbusier, crear un juego sabio correcto y magnífico de los volúmenes bajo la luz; por otro lado con el movimiento de arts and crafts de William Morris y con la escuela de la Bauhaus, surge una arquitectura que buscaba democratizar las percepciones de calidad a través del diseño, primero artesanal y luego industrial, de todos los objetos y de los habitáculos cotidianos como las viviendas[1].
En el caso del Movimiento Moderno en Arquitectura se pensó en la búsqueda de la democratización de la belleza y de la armonía del espacio urbano y de las viviendas, porque podía ser eficiente y barata. El paradigma funcionalista aplicado a la ciudad dio como resultado la “Carta de Atenas” y se construyeron grandes urbanizaciones geométricas, reticulares, racionales, torres y conjuntos habitacionales como colmenas; todo caracterizado por su apariencia genérica, su anonimato y homogeneidad fría (como en el caso del estilo internacional que crea espacios públicos inhóspitos), se buscaba zonificar todas las actividades humanas e incluso a los seres humanos para establecer clara y distintamente las funciones del espacio y de su gente.
En ambas posturas descritas (en la del arte por el arte y en la del arte para el pueblo), según Lipovetsky, cuando el arte se emancipa del ritual y adquiere autonomía; los artistas modernos invierten sus objetivos y “se apropian de todos los elementos de la realidad con fines puramente estéticos. Se impone así el derecho de estilizarlo todo, de transformarlo todo en obra de arte, ya se trate de lo mediocre, lo trivial, lo indigno, las máquinas o el espacio urbano (…) El arte moderno pone en marcha una dinámica de estetización del mundo ilimitada”. (Lipovetsky, 2015; 17)
El esteticismo es entendido aquí como una comprensión del arte como pura exaltación de la belleza, la cual debe ser elevada y priorizada por encima de la moral, de lo social y de toda reflexión sobre lo humano, el esteticismo tiene una concepción superficial de la belleza que busca únicamente una impresión sensorial seductora, entonces, ahora el arte está en todas partes superficialmente y se usa como mecanismo de seducción para el consumidor. “El capitalismo artístico ha creado un creciente imperio transestético en el que se mezclan diseño y star system, creación y entretenimiento, cultura y show-business, vanguardia y moda”. (Lipovetsky, 2015; 21) La arquitectura del mercado o comercial estimula su venta mediante la estetización, produciendo casi escenografías que incluso abren nuevas carreras universitarias como la de “Arquitectura de interiores” y las ciudades se ofrecen al turismo embelleciendo sus centros o generando “falsos históricos” al inventar núcleos históricos de donde el pasado ha sido expulsado, quedando fachadas aparentemente bellas y antiguas pero sin ningún contexto social, material o histórico que las sustente.
De acuerdo a esto, sería conveniente entender que el universo de lo estético es mucho más amplio que el mundo de lo artístico, y consideramos que al hablar de arquitectura es imprescindible mantener estos dos términos bien diferenciados.
Por esto es que al entender como arquitectura exclusivamente aquel intento creador de belleza y poseedor de cualidades artísticas, se deja fuera a todo saber o forma de producir hábitat que no esté dentro de esta lógica e incluso se deja fuera toda la problemática social, económica y política que se implica en el fenómeno de “la construcción social de lo espacial habitable”.
Afirmar lo anterior no significa negar la existencia o posibilidad de una arquitectura artística o como obra de arte plástica, sino de cuestionar y criticar que la mayoría de la arquitectura se refiera y se dedique únicamente a este género. De esta forma pareciera que el complejo fenómeno de “la construcción social de lo espacial habitable” se ha reducido en la historiografía y en la mayoría de la teoría, a una de las tantas partes que componen el todo de este fenómeno.
La belleza no es una entelequia abstracta o un canon universal que debemos conocer y alcanzar, la belleza más bien la entenderemos aquí como una construcción social, económica, cultural y política; y de acuerdo a esta construcción se configura una estética, es decir una idea sobre lo que es preferible, conveniente, deseable y de calidad para la percepción de un determinado grupo social o comunidad.
La historiografía de la arquitectura suele reducirse al estudio de la cronología de obras aisladas, como si la historia de la arquitectura se tratara de objetos que dialogan entre sí, olvidando la experiencia vivida, las implicaciones sociales y la satisfacción de los habitantes, haciéndose más bien una historia de cosas, una historificación. Los libros de historia de arquitectura universal se configuran con una concatenación de obras-estilos principalmente occidentales y eurocéntricos; provocando que se menosprecie social, epistemológica y culturalmente la arquitectura vernácula o la arquitectura que se lleva a cabo por autoproducción; estigmatizando el territorio, los habitantes y sus construcciones; negando cualquier posibilidad de que la arquitectura popular, vernácula o autoconstruida; pueda generar conocimiento y una estética más apropiada en un determinado territorio y cultura, con la cual se pueda ampliar y enriquecer la disciplina misma; llevándonos a la confusión de creer que la arquitectura es únicamente aquella que ha alcanzado el estatus de obra de arte dentro del mundo del arte “legitimo”. Frente a esto, la disciplina se encuentra ante la necesidad de legitimar su estatus epistemológico.
Bibliografía
Paul Valéry. (2007). Eupalinos o el arquitecto. México: UNAM.
Gilles Lipovetsky. (2015). La estetización del mundo. Barcelona: Anagrama.
Jane Jacobs. (2011). Muerte y vida de las grandes ciudades. Madrid: Capitán Swing.
[1] Es en este contexto del siglo XIX que se comienza a escribir e historiar el tema de la vivienda en la historia tradicional/occidental de la arquitectura.






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