“La hegemonía es entendida -a diferencia de la dominación, que se ejerce sobre adversarios y mediante la violencia-, como un proceso de dirección política e ideológica en el que una clase o sector logra una apropiación preferencial de las instancias de poder en alianza con otras clases, admitiendo espacios donde los grupos subalternos desarrollan prácticas independientes y no siempre “funcionales” para la reproducción del sistema.” [1]
La arquitectura, siendo parte de un discurso de poder, está inscrita necesariamente en un sistema de control, si nos enfocamos a dichos sistemas podremos encontrar que existen diversos tipos y la hegemonía es uno de ellos. Si nos atenemos a esta definición de Gramsci podremos entender que existe una sofisticación por parte de los mecanismos de control que ejercen los polos de poder dentro de la sociedad contemporánea. Así de esta manera esos pequeños espacios subalternos (marginados, desvinculados y desarticulados) son parte de este mecanismo, ya que su propia existencia permite por un lado la reafirmación del sistema hegemónico, al mantener a los discursos alternativos sistemáticamente existentes pero inoperantes; y por otro lado permitir canalizar cualquier oposición que presente un riesgo auténtico a estas estructuras controlables. Es así, como la hegemonía depende en gran medida de la existencia, pero también del control, de cualquier discurso alternativo.
La hegemonía no ha sido siempre el medio de control de las sociedades. Es posible que la hegemonía esté ampliamente vinculada con la postmodernidad, ya que, como la historia lo demuestra, durante la maduración del periodo moderno, pero incluso desde la antigüedad, el método de control por excelencia era la dominación y subyugación totalitaria, en donde no existía ningún tipo de espacio para los discursos alternativos desde la lógica de la cúpula del poder.
Esto puede verse claramente a partir de los discursos totalitarios en contraste con los hegemónicos. En donde el discurso totalitario se dedica a suprimir y excluir cualquier ideología que le es ajeno, mientras que la hegemonía es condescendiente respecto a propuestas e ideologías alternativas. Es así como el método de ejercer el poder se distingue entre estos dos tipos de autoridad. El primero busca eliminar, el segundo, cooptar.
El proceso de individualización en las sociedades neoliberales se puede entender a partir de la hegemonía, ya que la existencia de discursos alternativos débiles y múltiples, ayuda a difundir la heterogeneidad de la sociedad, atomizándola en distintas identidades de menor envergadura, favoreciendo la fragmentación de la misma y la apertura de nuevos mercados para estos nuevos grupos subalternos. De esta manera podemos ver nacer a partir de la mitad del siglo XX culturas urbanas denominadas contraculturales o alternativas, que pugnan por un estilo de vida distinto al status quo de las sociedades modernas.
El discurso es altamente individualista, buscando fomentar los “derechos individuales” en contrapartida a los derechos comunales, dando una importancia contundente al individuo por encima de la colectividad que enarbola la sociedad en su conjunto.
La atomización de la sociedad es abordada por Zygmunt Bauman dentro de su concepto de “modernidad líquida” la cual se refiere a la pérdida de bases estabilizadoras de la sociedad como lo son los derechos colectivos. Dejando a los individuos a la postre de su propia suerte, y de esta manera generando un continuo sentimiento de incertidumbre. Esta incertidumbre es la consecuencia la continua movilidad y dinamismo en una sociedad de un acelerado proceso de cambios de significación cultural. Este constante cambio, favorece el esquema neoliberal de consumo frenético, adopción de posturas y costumbre alienantes dentro de los mismos sectores de una sociedad, así como entre individuos, escenario perfecto para la dominación hegemónica.
Bauman habla, de dos novedades que retoma de Castells, propias para producir este efecto dentro de las sociedades modernas. La primera fue la “sobrevaloración” de los individuos, lo cual los liberaba de las constricciones de las convenciones sociales. La segunda, como consecuencia de la primera, fue que al ser despojados de la significación y apropiación cultural que implicaban dichas constricciones sociales, las cuales también implicaban vínculos con la sociedad, los individuos se tornaron frágiles.
“Con la primera novedad, los seres humanos individuales vieron abrirse ante ellos amplios espacios emocionantes y seductores, en los que experimentar y poner en práctica las nuevas artes de la emancipación y la auto-superación. Pero la segunda novedad vetaba a la mayor parte de los individuos la entrada en un territorio tan atractivo. Ser un individuo de liure(por decreto de la ley […]) no garantizaba en modo alguno la individualidad de facto, y muchos carecían de los recursos para hacer valer los derechos implícitos en la primera novedad a la hora de luchar por la segunda.”[2]
¿Cómo podemos entender el discurso individualista de la hegemonía desde la arquitectura postmoderna? El discurso arquitectónico en su fase postmoderna, tomando como base a Robert Venturi, en “Complejidad y contradicción en Arquitectura”, nos habla precisamente de este cambio de paradigma entre el autoritarismo y la hegemonía. Si hacemos una comparación entre la fase del movimiento moderno de la arquitectura a su condición postmoderna, podremos analizar que existen paralelismos interesantes. El movimiento moderno, estuvo regido desde un punto de vista estético, por un lenguaje de cierto rigor monolítico, pretendiendo ser universal, por ende dominante. En contraposición, dentro de su fase postmoderna, el lenguaje arquitectónico se “abre” para recibir todo tipo de intervenciones de las más variadas exploraciones estéticas.
“Los arquitectos no pueden permitir que sean intimidados por el lenguaje puritano moral de la arquitectura moderna. Prefiero los elementos híbridos a los “puros”, los comprometidos a los “limpios”, los distorsionados a los “rectos”, los ambiguos a los “articulados”, los tergiversados que a la vez son impersonales, a los aburridos que a la vez son “interesantes”, (…) Defiendo la vitalidad confusa frente a la unidad transparente. Acepto la Falta de lógica y proclamo la dualidad. Defiendo la riqueza de significados en vez de la claridad de significados;(…)” [3]
A pesar de que existe un factor en común que es la utilización de la figura del arquitecto autor de una obra, la condición moderna permite agrupar en un solo movimiento a toda la arquitectura debido a una serie de características que fungen de común denominador. Sin embargo, la fase postmoderna de la arquitectura no se puede hablar de un movimiento único, sino que se empieza a producir un elemento que no se veía desde tiempo del barroco, esto es estilísticamente hablando, una serie de corrientes que pretenden generar un discurso arquitectónico propio. Y no solamente eso, sino que también además de producirse una serie de corrientes, en las cuales se pueden englobar de manera más o menos uniforme la producción arquitectónica de autor de algunos arquitectos, emerge, dentro de su periodo más próspero, despachos y firmas que pretenden generar un discurso individual, explotando el valor de lo alternativo o único; llevándolo al extremo de realizarse como autor-corriente o autor-estilo.
Es de esta manera, como la alteridad y atomización de la arquitectura se da dentro de su periodo postmoderno a un nivel puramente de un lenguaje estético. La paradoja de la hegemonía se hace evidente dentro de este contexto postmoderno: los discursos individuales atomizan cualquier búsqueda por un discurso alternativo efectivo. Se produce una profunda crisis debido a esta atomización, en la cual, los teóricos y catalogadores de la arquitectura, se encuentran frente a un problema que no habían contemplado antes. La imposibilidad de catalogar de manera taxonómica y clara los diferentes discursos estéticos dentro de la arquitectura de autor, imposibilita producir un único discurso coherente que describa de manera satisfactoria el periodo.
Es gracias a la crisis de la tradición teórica de la arquitectura, que se abre la interrogante de revisar nuevamente la forma y método bajo el cuál se catalóga y revisa a la arquitectura. Este cuestionamiento no se hubiera dado de forma satisfactoria sin esta crisis que produce el sistema hegemónico traducido a la producción formal arquitectónica.
A pesar de la ya mencionada atomización e individualización que surgen dentro de la etapa postmoderna de la arquitectura formal, dentro de su esquema estético estilístico, existe una homogeneidad consecuencia del esquema hegemónico, que no es de una lectura tan evidente como lo es la caracterización estética de lo arquitectónico.
[1]García Canclini N., Gramsci con Bourdieu. Hegemonía, consumo y nuevas formas de organización popular. Revista Nueva Sociedad 71, Marzo-Abril de 1984
[2] Zygmunt, B. (2007). “Tiempos Líquidos”. Ed Tusquets. España pp. 85
[3] Venturi, R. (2008). “Complejidad y Contradicción en la Arquitectura”. Ed. Gustavo Gili, Barcelona, España pp.25
[Pm1]Solo sin tilde es un adjetivo calificativo que indica que algo o alguien se encuentra sin compañía, sin nadie a su lado.
Sólo con tilde es adverbio que se usa para expresar nada más se incluye lo indicado en la oración. En este caso de acuerdo al contexto se usa el adverbio sólo.
[Pm2]Utilizar sintónimos





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