Psicosis, Alfred Hitchcock, 1960.
Descendía del estudio de Diego.
Fue en el último peldaño con la puerta entreabierta, que me detuve y mire al patio: era la trabe por encima del zaguán que agudizaba la perspectiva. Sebastian, que para entonces estaba a mi lado, le sugerí ver desde ahí, detenerse y consumir esa “estética de arquitecto”.
Pronto caí en cuenta de la transfiguración, del condicionamiento y la locura.
La foto. Pensé de inmediato y asumí la vergüenza del exceso pictórico, de quien ansia la ‘mejor cara’, esa anunciada y hasta vulgarizada en revistas, libros, panfletos de imagen-arquitectura.
Me aturdió aquel pensamiento. Sentirme víctima de la industrial cultural, de la arquitectura de magazine.
¿Será entonces que me volví un amante de la foto sin centro arquitectónico? De instantáneas que hablan de la vida sin control escenográfico, de la realidad del puesto ambulante, del perro que merodea y de la gente sorprendida ante la (paradójica) fugacidad/permanencia de la foto.
Es en aquellos pasajes de ciudad, sentidos como retratos orgánicos, donde nunca faltan edificios seducidos por la vida, del ser ahí, sin estética forzada, sin obturador afanoso.
De esos retratos hablo en el respiro de mi psicosis… de objetos continentes de vida y de muerte. Calles recorridas por el tiempo, salas tibias de presencia.
*
Amo pues,
esas tomas de niños que juegan con la cámara.
¡Shoot, shoot, shoot!
*
La representación como juego
sin imperativos comerciales.
¡Shoot!
(Sonaba de nuevo el obturador)
*
La foto se volvió un fin,
una narración independiente,
un dejo de existencia honesta.
*
¡Shoot!
¡María! Deja de jugar con la cámara
me decía
la vas a descomponer
decía.
*
Si las cámaras hablaran
madre mía.
Sh… oot!
*






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